lunes, 12 de agosto de 2019

Luna

Franco había fumado tres cigarrillos en el camino y un par más cuando estaba esperando frente a la plaza. También bebió cuatro cervezas a una velocidad supersónica, buscando que los nervios bajaran y le dejaran de sudar las manos. Durante la espera, después de escuchar el llamado de aviso de Luna, se dedicó a pensar en el patético discurso que había preparado para la ocasión; discurso que, dicho sea de paso, escribió en caso de que las estaturas fueran abismales.

La manera en que Franco y Luna se conocieron fue sui generis. Franco venía saliendo de un letargo enorme de años, que le impedía mantener algún tipo de relación sentimental. De hecho, no quería tenerla. Las oportunidades para entablar algún tipo de noviazgo fugaz( eufemismo de relaciones casuales, basadas en sexo y un par de citas, que a Franco le parecía correcto utilizar), eran demasiadas para un hombre en su situación. Pero Franco parecía no inmutarse, no le importaba lo que dijera su familia ni la gente, él estaba metido en esa rueda de la fortuna que significaba: trabajo, hijo y llorar como un estúpido en cada borrachera que se ponía atrincherado en su cuarto, mientras miraba antiguas fotografías en la computadora y escuchaba esas power ballads que se habían convertido en una penitencia.

Por otro lado, Luna era una incógnita. La mujer era hermosa en las fotografías y por medio de la pantalla que los había comunicado por escasos días. La voz encerraba una ternura enorme, aunque ciertas maneras y palabras, hacían saber que de tierna no tenía nada. Pero, lo más extraño, fue la manera en que se encontraron en un refugio de solitarios y depravados digital. Aquel encuentro era, más bien, una increíble coincidencia. 

Al cabo de los minutos, Franco veía pasar los coches y utilizaba su mirada más intimidatoria, creyendo que  esa actitud iba a provocar que  las piernas dejaran de temblar. Escuchó el modelo y el color del auto; sin embargo, miraba todos como queriendo acelerar la llegada y acabar decepcionado o entusiasmarse lo más rápido posible.

Franco usaba una indumentaria verde que, parecía más de una fiesta de niños en un jardín que la de una primera cita en la que buscaba generar una buena impresión. Hacía una truculenta demostración pública de cómo secarse el sudor de las manos y evitar que las piernas se le doblaran. Caminaba hacia todos lados arrastrando los pies y fumaba a destajo. Debió reconocer, ante sí mismo, que estaba a la expectativa de una situación que esperaba favorable.

Llegó el Vento color azul. Miró hacia adentro, de reojo, y pudo ver una silueta justo como la imaginaba: gigante. La silueta se movía apresurada y abrió la puerta.

Del auto descendió una torre de piel blanca como el marfil; espigada y de rasgos finos. Expresó una sonrisa entre nerviosa y burlona. La imagen fue de lo más bella. Luna sonreía, miraba hacia el suelo y se acomodó los lentes. La sonrisa le marcaba las comisuras de la boca y sus ojos denotaban que estaba, en cierto modo, contenta pero sorprendida. Su vestimenta completamente negra contrastaba con el color de su piel, razón que hacía resaltar en ella, sobretodo, los numerosos lunares que adornaban su rostro. Movía sus prominentes caderas con delicadeza y sonreía hacia el suelo, movía su sedosa cabellera negra, que le llegaba a la mitad de la espalda y se encogió de hombros. Vaciló antes de pararse firme frente a Franco. 

Franco sintió una punzada en el pecho. La miró y supo, desde ese instante, que estaba entregado. Se saludaron de un tímido beso en la mejilla. Franco miró hacia cualquier lado buscando dónde esconderse debido a su baja estatura. Se sentía como un turista mirando la estatua libertad o un enano en su vida diaria. Luna no fue humillante y mostró empatía ante la inseguridad y derrota de Franco. Mientras que él pensó: "Jamás me dio miedo pelearme contra nadie, sin importar el tamaño; ahora, a ella no la puedo ni mirar".

La conversación fue de lo más light y sencilla. Decepción de ambos lados, pero cordial.

-¿Por qué no quieres verme?- Dijo Luna, con una sonrisa burlona en la boca.

-Soy un enano, no mames- respondió Franco con decepción, sin dirigir el improperio hacia ella.

Caminaron con rumbo hacia un bar dentro de una plaza; sin embargo, las estúpidas de seguridad les negaron el acceso. Esta situación los llevó a salir y tomar un taxi sin rumbo. Durante el "viaje" se dijeron pocas palabras,  sólo se limitaron a buscar un lugar para poder sentarse a platicar. Les negaron la entrada en un par, hasta que llegaron a un lugar en el que todos vestían de negro y de fondo sonaba algo que a Franco le parecía familiar.

Se sentaron y ordenaron cerveza; 20 para ser exactos. Pasaron unos segundos antes de que alguno de los dos rompiera el hielo. Luna lo intentó, pero no tuvo éxito.  Franco sabía que esa era la única oportunidad que tendría, así que recordó al siempre efectivo Woody Allen.

Se levantó y pidió a la mesera tres hojas y una pluma. Se cercioró de que pintara y de que se vieran bien las letras. Comenzó:

"¿Hola, cómo estás?"

Luna no tenía ni idea de lo que sucedía, sonreía porque, tal vez, sentía un cambio en Franco que, de manera súbita, había tomado confianza por medio de las palabras escritas.

"Bien y tú?" 

Contestó ella, con mucha mejor letra y una sonrisa entre burlona y apenada.

"También muy bien. Pero, no pensé que fueras tan alta, en serio."

Luna soltó una carcajada, mientras la mesera destapó la segunda cerveza de Franco, al tiempo que sonaba Hell Patrol de Judas Priest, entonado por una decente banda de covers y la gente cantaba. Luna seguía riendo. Contestó pasado casi un minuto.

"Te lo dije, soy una gigantona."

Lo hizo de la manera más pulcra posible, pues los símbolos que escribió Franco sólo eran comprensibles después de un par de tragos. Eso sí, siempre sonriendo.

Franco lo leyó con ganas de soltar una carcajada. La miró y escribió...

"Mira, sé que nuestra diferencia de estaturas es bastante; sin embargo a mi no me molesta ni me causa ningún conflicto. ¿A ti?

Luna sonrió, casi carcajeó, cuando leyó la nota. Pensó un momento. Sonrió. Escribió.

"A mi tampoco"

Franco sintió un alivio que lo regresó a su cuerpo y le dio la confianza suficiente para continuar. Lo siguiente, fue, observarla a fondo.  EL problema fue que no solo comenzó a observarla, comenzó a sentirla. Se le vinieron a la mente mil cosas, entre ellas una necesidad de darle un abrazo. Franco sabía que esa sensación le parecía conocida.

La noche transcurrió con risas, anécdotas y revelaciones muy personales. Todo cambió al segundo cigarro.

Para cuando Luna y Franco salieron por el segundo cigarrillo, que, más bien, se convirtió en el sexto, las palabras fluían con naturalidad. Franco usó un escalón para quedar a la misma altura que Luna, que parecía no haber reído tanto en mucho tiempo.

La geometría de ambos era asimétrica desde todo contexto y punto de vista; sin embargo, conforme pasaban las palabras ambos se habían acercado demasiado, casi hasta tocarse. La noche era unánime y los pocos carros que pasaban y los hombres de seguridad del bar parecían no verlos. Pasaron desapercibidos para el mundo. Franco comprobó con asombro que la expresión que veía en Luna era la de alguien que esperaba que quien estaba frente a ella tomara la iniciativa.

La disyuntiva de Franco era el ser atrevido o respetuoso. Al final, sin quererlo, el equilibrio lo hizo atrevido. Franco se acercó a ella, casi hasta besarla, lo pudo haber hecho, se dió cuenta, pero prefirió la cortesía.

-¿Puedo besarte?- lo dijo casi susurrando, para que el aire lo acompañara hasta sus oídos.

-Sí.- respondió Luna y no pudo hacer más nada.

Por lo regular el primer beso entre dos personas es algo desordenado. Cada quien tiene su forma, su volumen, sus movimientos. Suele ser más parecido a una jauría de hienas peleando por la comida,  que a otra cosa. Este caso fue diferente. Franco la tomó de la nuca y comenzó a besarla y acariciar su mejilla izquierda. El beso pareció algo conocido, un ensamblaje de piezas de rompecabezas que se unían de forma perfecta. El tiempo que duró fue significativo, porque se separaron sólo para respirar, mirarse y continuar con esa danza de labios y lengua tan perfecta como una coreografía de ballet ruso. 

Franco cuando se separó de ella la miró a los ojos y le acarició la mejilla. Comprobó con asombro que la paz que sintió en ese momento fue algo indescriptible y pensó en la palabra "mágico", que solo había utilizado un par de ocasiones antes. Luna se veía divertida, pareció que lo había disfrutado. Se empeñó en seguir sonriendo sorprendida por lo que había hecho.

La noche continuó muy divertida, con ambos confesando singularidades de su personalidad y secretos que, tal vez, no eran para una primera cita. Fueron expulsados del bar y tomaron un taxi camino a casa de Luna.

Cuando llegaron ahí, todo se deformó en Luna llorando por un hecho del pasado y en Franco que intentaba calmarla. Lo logró. Se despidieron. Luna exigía una prueba a Franco de llegada a su casa, mientras él le decía que sí, mientras se subía al taxi.

Cuando Franco se subió al taxi, miró la noche que abrazaba a la ciudad. La contempló impoluta, rígida, tal vez melancólica y la relacionó con su vida. Pensó en todo el tiempo que había reprimido esas ganas de amar, todo por pagar una penitencia emocional que no iba a resolver nada, y que el único que sentía era él. Reflexionó en para qué había servido tanta flagelación, tanto sufrimiento, los millones de litros de lágrimas derramadas por una mala decisión y un amor perdido que, dicho sea de paso, no merecía ni una sola. Franco se dio cuenta que esa noche obscura era su vida. Sin embargo, vio una brillante luz a su derecha, que le daba un aire de bohemia a la obscuridad, que le inyectaba vitalidad y la convertía en algo hermoso de contemplar. En ese momento Franco se dio cuenta de que la noche que era su vida había encontrado una luz de esperanza, convertida en una mujer 15 cm. más alta que él. Y sí, como una casualidad increíble, las que generan la luz, las que inyectan vitalidad y devuelven un poco de vida a lo que parece no tenerlo, las dos llevan el mismo nombre: Luna











domingo, 2 de junio de 2019

You´ll Never Walk Alone

Es un hecho que, si hablamos de un solo, nadie la canta como Elvis. Sin embargo, la emocionante interpretación de Gerrard, Dalglish, todo el plantel del Liverpool y esa afición que pareciera tener poderes sobrenaturales y un megáfono en cada una de sus bocas, creo que se acercó a la versión del "King Of Memphis".  Esta canción tiene una historia, casi tan bella y emocionante, como la versión que se escuchó ayer por todo Madrid, que se acerca a la de Elvis.

Carousel fue un musical de 1945, estrenado en Broadway por Richard Rodgers (música) y Oscar Hammerstein (letras). Fue una adaptación de Liliom, escrita por el dramaturgo húngaro Ferenc Molnár, obra que se estrenó en 1909 y que tuvo un gran éxito en su tiempo al durar 30 semanas de funciones; incluso se presentó años más tarde, al terminar la Primera Guerra Mundial, repitiendo el éxito anterior.

Carousel o Carrusel, que es una tragedia, cuenta la historia de amor entre Billy y Julie. La trama se centra en esa gente de clase trabajadora de finales del siglo XIX. Billy se ve obligado a tener que robar para poder conseguir el dinero necesario para solventar los gastos de su hijo nonato, mientras Julie, trabajadora de un molino, ve amenazado su romance por diferentes circunstancias.

No voy a contar el final; sin embargo, Richard y Oscar quisieron darle un tono amable al final trágico de la historia. Por esta razón fue incluida You´ll never walk alone como un atisbo de alegría a un personaje que pierde a un ser querido. Existe en vídeo una versión de 1956, que corresponde a la película , del mismo nombre, dirigida por Henry King, interpretada por Shirley Jones y Cousin Nettie.

Como solía suceder con algunas canciones, de obras muy exitosas en Broadway y en el West End de Londres, You´ll never walk alone se convirtió en la canción más famosa. Comenzó a interpretarse en funerales, graduaciones escolares y más. La popularidad de la canción fue tanta que, a pesar de ser ya conocida, fue interpretada por Frank Sinatra, Doris Day, Johnny Cash, Judy Garland y una banda de Liverpool: Gerry & The Peacemeakers.

Estos últimos fueron los que encaminaron esta canción hacia donde la mayoría la conoce, cuando la hicieron llegar a los oídos de Bill Shankly. Sí, el mejor entrenador en la historia del Liverpool, aquel que ganó tres ligas, dos copas, cuatro Community Shield y la Copa UEFA 72-73. Shankly fue, también, el que dijo la frase: "El fútbol no es una cuestión de vida o muerte, es mucho más importante que eso".

El resto es historia. Shankly escuchó la versión de Gerry & The Peacemeakers y la afición la adoptó enseguida para animar al club antes de los partidos. Ese título, como lo conocemos, Nunca Caminarás Solo, se convirtió en el lema oficial del club. Incluso se grabó en una de las puertas de Anfield, llamadas las puertas de Shankly, en honor al técnico. El Celtic de Glasgow, el Feyenoord de Rotterdam y el humilde St. Pauli de Alemania, también adoptaron You´ll never walk alone.

Gerry Mardsen de Gerry & The Peacemeakers la cantó en el vigésimo aniversario de la tragedia de Hillsborough, en la que murieron 96 aficionados del Liverpool en 1989. También, por aquellos años, en 1985, se dio la tragedia de Heysel, en la que murieron 39 personas ( 32 aficionados italianos) a raíz de las acciones provocadas por los Hooligans. Estas tragedias cambiaron la historia del fútbol inglés para siempre.

Tras los desastres de Heysel y de Hillborough, con el Liverpool como protagonista, los equipos tuvieron que adaptarse a un nuevo formato de campeonato. La consecuencia de Heysel fueron cinco años de suspensión en Europa.  Los cambios en el modelo de negocio, en el acceso al público y en el formato de competencia, transformó al fútbol inglés en lo que hoy conocemos como Premier League, ésa que el Liverpool no ha ganado desde su inclusión en la temporada 92-93.

A través de los años, el fútbol inglés ha mutado en distintas formas; los aficionados han cambiado, pues las entradas son más caras; la inversión y las ganancias se han multiplicado, para bien; hay equipos que cambiaron su camiseta a la marca competidora directa, se han construido nuevos estadios y se han compuesto mil cánticos. Lo único que no ha cambiado, desde que llegó, es ese grito de guerra que se entona con emoción entre llantos y alegría, que retumbó en Madrid ayer, pero ya lo había hecho en Estambul, Roma, Londres y París y que, como lo dice, siempre acompaña al equipo de Anfield.

Porque tú, Liverpool... You´ll never walk alone...






lunes, 19 de septiembre de 2016

Níspero

La choza no estaba, para nada, ni a la mitad de su capacidad; sin embargo, la pista se encontraba llena y se bailaba a ritmo de salsa. Franco, como de costumbre, llegó tarde para instalarse al fondo del lugar con su grupo de amigos. La rutina era la misma: beber y fumar hasta saciarse; a veces, bailar si alguna chica de buen ver estaba dispuesta también, para concluir la noche con besos y arrumacos. Como algunas veces sucedió, para su buena suerte.

La Choza era un lugar, clandestino a todas luces, en donde se podía bailar y beber por las tardes. Estaba ubicado en un lugar casi escondido por las calles de Iztapalapa. Justo en los límites con el Estado de México. Bonito lugar. Por dentro era más sencillo que la tabla del uno. Constaba de un salón de fiestas con mesas alrededor de la pista, todas de distintas marcas de cerveza y materiales diversos; había desde los suertudos que les tocaba una de Tecate de metal, hasta los que corrían con la mala suerte de tener una de plástico de Corona, que era un juego de azar el que pudiera sostenerse. De sillas ni hablamos. La pista era muy amplia, demasiado, tal vez de las más grandes que haya visto, más allá de la elegancia o el tamaño del salón. al fondo había una tarima que, como todos sabemos, en las fiestas se utiliza para la banda versátil uniformada de negro y azul; aquí, el dueño era DJ crown, o al menos eso se alcanzaba a distinguir en su presentación, un sonido con el que concluía cada una de las rondas de música, anunciando abruptos cambios de géneros. Dj Crown  iba acompañado de un equipo bastante ostentoso para el lugar. Siempre llegaba al lugar como una celebridad, y pedía ayuda a los asistentes para cargar su equipo; si eran mujeres, les prometía una ronda de salsa, género en el que era uno de los más aventajados del lugar.

Los asistentes variaban: Las escuelas aledañas eran las principales abastecedoras de personas, incluso escuelas de bastante lejos y gente de barrios, que nada tenían que ver con Iztapalapa, hacían cansados trayectos para conocer la famosa Choza.

Franco desenfundó un cigarrillo y reflexionó en los últimos meses de su vida...

Con 16 años, Franco era un estuche de monerías. Pertenecía a una pandilla de su barrio, conocida por su violencia y por las distintas facetas de crímenes que realizaban sin el menor de los escrúpulos, apoyados por gente muy importante. A pesar de eso, su gusto por el arte en cualquiera de sus expresiones, lo hacían alguien un poco diferente a lo que eran los demás integrantes. Además de algunos conocimientos amplios en distintos temas.

Durante su estancia con los llamados "Killers", Franco vivió los más grandes excesos y peligros a muy corta edad. Había tenido que robar y matar para poder ser elegido entre ellos. Por el día eran criminales que parecían tener una vasta experiencia; por la noche, eran niños drogándose y bebiendo mientras hablaban infinidad de estupideces. El más grande de ellos tenía 19 años.

Franco pasaba sus momentos de relajación en su casa, encarnizado en el aprecio de cualquier película que le pareciera de interés para consolidar sus conocimientos. Porque, en el fondo, él creía que no pertenecía al lugar en el que se desenvolvía. Tuvo unos cuantos encuentros amorosos con Sara, la amiga a la que siempre amó, pero ella despreció por mucho tiempo. Encuentros en los que sucedió todo; menos tener sexo, pues  Sara no quería tener sexo con alguien que no fuera su novio.

Ya, de por sí, la monotonía le comenzó a molestar en algún momento. Franco se alejó de la pandilla y descuidó sus deberes, algo que molestó a los líderes de los "Killers", que comenzaban a verlo con ciertos aires de traición y de decepción; porque, eso sí, era de los mejores elementos que tenían en sus filas. Esta situación lo encontró en un dilema que parecía no tener solución. De seguir así, terminaría muerto por traición, o tendría que conocer las entrañas de otro mundo del cual se había desconectado, pues huir era la única opción.

Al paso de algunas fumadas, en las que Franco se limitó a mirar figuras bailando bajo unas luces insípidas, sucedió algo que él jamás pensó que sucedería. Apareció una chica. Era de tez morena, de maneras desenvueltas al caminar, y con una mirada que se perdía hacia él, aunque no era a Franco a quien miraba.

La misteriosa chica miraba al "Rasta", un amigo de Franco que tenía un gran éxito con las mujeres. A pesar de las rastas y algunas actitudes arrogantes, el "Rasta" hacia sobresalir los rasgos finos de su rostro para atraer mujeres al grupo de amigos que era bastante numeroso. Franco no se molestó siquiera en mirar al Rasta, Se había perdido en esos ojos negros y enormes, un rasgo que solamente había encontrado bello en los animes.

La complexión de la mujer era la perfecta simetría entre la delgadez y la "buena carne", según pensaba Franco. Vestía sencillo. Jeans de color azul ,playera negra sin ningún estampado y unos tenis blancos sin agujetas. Lo que le daba un aire de confianza que Franco jamás había percibido en una mujer, y más, que a la Choza todas buscaban llevar atuendos extravagantes. Ella era diferente.  Por primera vez, los sentidos de Franco se habían rasguñado y perdió toda esa tranquilidad que parecía tener en todo momento.

La chica misteriosa se sentó en un lugar cerca de donde se encontraba DJ Crown, después se levantó para bailar con sus amigos en una rueda de al menos 10 mujeres y unos cuantos hombres perdidos- más bien afortunados, pensó Franco-. Las mujeres se movían con soltura y tenían entretenidos a más de uno en el lugar, pues las veían como aves de rapiña. Franco sólo la miraba a ella.

La desesperación era incesante. Franco se moría por saber algo de ella, pero había un enorme problema: Franco, en todos los lugares a los que había ido a alguna fiesta, o en cualquier tugurio en el que se había encontrado, jamás había sacado a bailar a una desconocida. Se limitaba a que otros hicieran el trabajo difícil , para que él solo tuviera que confiar en su habilidad de convencer y así lograr alguna conquista.

En ese momento terminó con más de medio litro de cerveza de un par de tragos largos, y se creyó capaz de conseguir sacar a bailar a la chica misteriosa. Comenzó el camino que iba haciéndose más largo en medida que él se iba acercando. Mientras lo hacía, las demás mujeres lo miraban esperando una invitación; incluso un par le sonrieron, pero él no se dio cuenta, porque ella ni siquiera lo miró. Franco sólo la miraba a ella.

Se acercó y ella estaba platicando con una de sus amigas al oído. Esperó a que ella terminara para no ser imprudente. La chica terminó y lo miró con desprecio y con altivez. Él hizo su intento. Pagó por su novatez.

- Hola, ¿quieres bailar?- Sí, lo dijo inseguro, trabándose en las palabras y mirando hacia otro lado.

-No, gracias- No terminaba de decirlo cuando ella ya miraba para otro lado. Aunque Franco escuchó su voz, lo cual ya era ganancia.

Franco regresó con sus amigos derrotado y fue a comprar otra cerveza, pensando en volver a terminarla rápido y regresar a hacer otro intento. "Quiero que me mande a la chingada otra vez, me gustó como lo hizo", pensó. Durante el trayecto no dejó de pensar en su mirada ni en su rostro. Le parecía lo más hermoso que había visto. De alguna manera, algo pasó en ese momento, porque lo único que quería hacer era verla de cerca; ya no pensaba en bailar, platicar o conocerla, sólo quería mirarla. " Cuando vaya y me mande otra ves a la chingada ojalá y sonría, así me podré ir tranquilo a mi casa", dijo para él.

Franco venía de regreso con su cerveza. Se miró las manos y lo que alcanzaba a ver de su cuerpo, como haciendo una revisión de sí mismo. Para cuando pasó por un solitario espejo que estaba incrustado en una de las paredes de La choza, le brillaban los ojos y se notaba nervioso, aunque una mínima sonrisa asomó por su rostro.

Regresó triunfante con la cerveza en la mano y un cigarro encendido en la otra. Alzó un poco la mirada buscando a la chica misteriosa, y no la encontró. Cabeceó de desesperación hacia todos lados, pues no creía que se hubiera ido, puesto que no la vio salir al ir a comprar la cerveza, pues la barra se encontraba a un costado de la salida. Pero, al mirar a un costado suyo, donde había visto a un par de sus amigos moverse al ritmo de la música, miró a la chica misteriosa bailando con uno de sus amigos, " El Fénix", uno de los más desgraciados con las mujeres.

La imagen lo decepcionó, pues él quería saber un poco más de ella y ella ya se encontraba en las garras de el Fénix. Franco comenzó a registrar la pared con la mirada y pensó en que su valor no era de primera. No quiso voltear para evitar entrar en detalles de lo que él pensaba que estaba por suceder. Tuvo un aire de tristeza. Agachó la cabeza. Manoteó y pensó en irse. Pero, ya platicando ella con el Fénix, tal vez la podía ver reír.

Franco volteó y lo sorprendió El Fénix de frente y desesperado.

-¡Carnal, tírame paro!- Le dijo el Fénix desesperado, agitando su celular y levantando la voz debido a la música.

-¿Qué pasó, cabrón? Creí que ya habías conectado- aunque no lo crean, lo dijo con desánimo

-No mames, me acaba de hablar mi vieja que ya está aquí en el metro y que vaya por ella

-¿Y qué quieres que haga?

-Pues distrae a esta morra un rato

- ¿Para qué la sacas a bailar si la vas a a mandar a la chingada?- Lo dijo molesto, como defendiendo a una amiga.

- Pues es que mi vieja me dijo que llegaba más tarde, pero se adelantó, ahora ya me saló este fajesito.

- Pues va. Ya vete, antes de que te la hagan de a pedo.

Franco estaba muy nervioso, pues la chica misteriosa bailaba sola en la pista. Dudó en acercarse, pero sabía que cualquiera podría llegar y arrebatarlo del privilegio. De repente, se encontró sudoroso de las manos y apesadumbrado sin motivo aparente. Eran solamente un par de metros lo que los separaba, pero esos pasos lo encorvaban y sometían en una pesadez brutal. Al fin llegó.

Se detuvo frente a ella. la tomó de los brazos y la miró un par de segundos.

-Oye, mi amigo fue al baño, me dijo que bailara contigo mientras regresaba, ¿no te importa?- dijo Franco

La chica misteriosa lo miró fijamente por un par de segundos.

-No- lo dijo y después sonrió tibiamente.

La chica misteriosa no prestaba atención a Franco. Se movía al ritmo de la música como si fuera parte de su cuerpo. Poseía la agilidad del aire. Miraba hacia cualquier lado, mientras ponía las manos en su cabeza, se recogía el cabello o miraba hacia el suelo. De reojo miraba al espectador atónito. Franco parecía un esclavo lamiendo y mordiendo la tierra para su amo.

Por otro lado, Franco se quedó atónito. Intentó moverse para no parecer un idiota, pero en su mente no existía otra cosa que el espectáculo que estaba presenciando. El pensó que si un día pudiera entrar al museo de Louvre, se quedaría, más o menos, en las mismas condiciones. No sabía si el mundo se había detenido, o si todo giraba más lento alrededor de ella. No la conocía, ni siquiera sabía su nombre, pero el aire de paz que respiraba a su lado, le dio la tranquilidad para quedarse atónito mientras veía a la chica bailar.

-¿Cómo te llamas?- preguntó Franco, aun sabiendo que podía arruinarlo todo.

-Mariel, ¿y tú? contestó la chica.

"Conque así se llama, Mariel, sabía que estaba asociado a algo tan hermoso como el mar", pensó Franco. Imaginó una escena en la que ella estaba frente al mar y él la miraba. "Una escena para morirse de la belleza", dijo Franco y sonrió justo en el momento en que Mariel lo miró. ¿Qué significado tendrá su nombre? Acaso un..

- Ajá, ¿cómo te llamas?- dijo Mariel, levantando su rostro en tres ocasiones.

- Franco- contestó sin dejar de mirarla a los ojos.

-¿Cuántos años tienes, Franco?- preguntó Mariel, quería saber la edad del niño que tenía frente a ella.

- Dieciséis, Mariel, ¿y tú?

-Dieciocho.

Mariel seguía bailando, aunque no ocultó su sorpresa de ver a ese niño que la miraba como nunca nadie la había mirado. Ni siquiera se dio cuenta cuando Franco la tomó de la cintura y se acercó a ella. Lo único que Mariel supo, fue que no le disgustaba que la tomara y la mirara de esa manera. No supo qué pensar. Se limitó a dejar que Franco tuviera una pequeña porción de lo que ella significaba.

Platicaron algunos minutos hasta que terminó la música. Franco la llevó hasta su lugar, algo que no se acostumbra hacer en este tipo de lugares, donde las relaciones son de lo más superficiales. Cuando Mariel se dio cuenta de esto, no ocultó su sorpresa, pero de igual manera no le disgustó tanta atención. Preguntarse si era del gusto de Franco hubiera sido una tontería, era evidente que sí.

Mariel dio las gracias. Se sentó, pero Franco no se movió del lugar. Se quedó viendo la sonrisa y el cuchicheo de ella con sus amigas." A este lo traes bien pendejo, amiga, ¿ya viste cómo te mira?", pensó Franco en esa conversación, aunque sintió un poco de temor hacia la posible respuesta de Mariel. Ella sentía las miradas de Franco, sentía como si estuvieran encendiendo una fogata a su alrededor, y Franco se incineraba en cada mirada.

Pasaron quince o veinte minutos. Franco volvió a invitarla a bailar. La mirada de ambos era, en cierto modo, un anticipación de vergüenza. Lo que Mariel pensó en ese momento va a ser siempre un misterio. Su mirada se veía contenta y a la vez sorprendida del efecto que causó en este pobre hombre, al que se le doblaban las piernas y le sudaban las manos. Aunque Franco percibió algo triste, vio en esos ojos negros y enormes algo triste que lo llevaba hacia ellos. Una sensación de falta de amor verdadero. Especulaciones, jamás lo sabrá.

A la mitad de la ronda de música, Franco tomó de la cintura a Mariel. Ella lo miró incrédula. El miedo y la sorpresa tiraron de ella de ambos brazos. Tomó por un segundo las manos de Franco. Él pensó que Mariel iba a quitarlas al momento, pero lo que hizo lo sorprendió: las tomó para pegarlas más a su cuerpo, para asegurar un agarre firme. Mariel sabía que el movimiento había sido salvaje y sorpresivo, pero obtuvo lo que quería: la sorpresa de Franco. Franco se imaginó una escena de comedia romántica tonta, porque creyó que ese tipo de situaciones no existían, que el amor a primera vista era un invento mediático para justificar las relaciones superficiales. Franco seguía sin poder creerlo; obviamente no estaba enamorado, ni era lo más intenso que había sentido. Lo que sí, es que la sensación de estar lejos de ella iba a provocarle algún malestar y un vacío.

Al final de la ronda musical, prosiguieron a los mismos pasos de la vez anterior. Sólo algo cambió al fnal: se miraron, como si nunca fueran a volver a verse, como un amor de inverno o una aventura de vacaciones. No se sabe si fueron las fuerzas de la naturaleza lo que los atrajo; porque si les preguntas, fue uno quien besó al otro. No se sabrá nunca si el tempo se detuvo para observarlos y para ellos, o si se perdieron tanto en los labios del otro que todo sucedía más lento.

El beso no tuvo nada de extraordinario en estética, pues la coordinación no reinó entre ellos. Cada quien iba a su ritmo y abría la boca con sensaciones diferentes. Al final encontraron un punto neutro que los invitaba al abrazo. No lo hicieron.

- Ya me voy, Franco, gracias por el baile- concluyó Mariel el día, tajante.

-Oye, pero, espera, ¿cuándo vuelvo a verte?- contestó Franco, con un aire de decepción y de derrota, aun después de la victoria que había conseguido.

-Nos vemos aquí el próximo viernes.

La respuesta de Mariel envió a Franco al quinto círculo del infierno. "Esperar una semana para volver a sentir lo que siento hoy va a ser un martirio", pensó. La vio despedirse de sus amigos con una sonrisa encantada, con una gracia suprema, y la vio tomar el camino hacia la salida, sola.

Franco regresó a su lugar desganado. Su semblante era confuso.

-¿Qué te pasa, cabrón?- Le preguntó Omar, su primo, con cara de incredulidad.

-No sé, carnal, la verdad que estoy desconcertado.

-¿Apoco si te latió mucho esa morra?

- ¿Cuándo me habías visto así?

- En eso tienes razón, sólo te he visto con esa cara cuando ya estás hasta la madre y no piensas en nada, cuando esperas aterrizar del viaje.

- Dice que la veo el próximo viernes

-¿Y qué va a pasar el resto de la semana? ¿ Lo sabes? ¿No, verdad? Si en verdad te latió la morra de esa manera, no seas pendejo y ve a buscarla.

Franco recibió esa frase con un aire de certeza. Se dio cuenta de que había cosas que no podía controlar en una mujer que no conocía, sobre todo cuando no le preguntó si tenía a alguien o algo en puerta. No siguió platicando con nadie y salió corriendo a buscarla.

Franco salio del lugar disparado, con una habilidad que sólo se le veía en los tiempos en los que jugaba fútbol, en busca de Mariel. Para cuando comenzaba a recorrer la primera calle saliendo de La Choza, la vio de espaldas caminando mientras hablaba por celular. La caminata era la que él esperaba, siempre con las maneras desenvueltas. Franco llego hasta donde ella estaba.

-¡Mariel! Espera, no te vayas.

-¿Qué pasó?

-Nada, solamente que no te pedí tu teléfono- Murmuró Franco. Mintió.

-¿Y para eso viniste hasta acá?

-No, la verdad no- Franco se entregó, dijo cualquier cosa con el afán de poder quedarse frente a ella, mintió descaradamente y sabía que Mariel se había dado cuenta.

-Entonces, ¿qué quieres?- Mariel lo miró, pensando que él pensaba en volverla a besar, algo que para ella no era ningún disgusto.

Franco era imposible de ver adentro, Pero al salir, con la tenue luz de la luna sobre su cara, fue fácil de apreciar lo que era. Era un niño. Cara de niño. Mirada de niño. Un alma que apenas salía del cascarón, Un alma que creía vivir en un cuerpo de mil años, y que se pensaba una persona de enormes años y experiencia; hasta la voz, esa voz tenue y nerviosa, hasta mínima e insulsa. Una voz que desnudaba una edad y una condición, que entre las luces era imposible de vislumbrar. La voz y la actitud parecían de una persona mayor, porque, tontos, no habían puesto atención a la edad de cada quien.

La imagen fue demasiado fuerte para Mariel. No había entrado en razón de la bronca que se había echado encima, pues ya le habían tocado un par de niños en la escuela, y la situación no le pareció agradable. Sin embargo, Franco se veía decidido a decirle algo más que un "te invito a salir", o una propuesta de noviazgo.

-Mira, Mariel, sólo quiero que escuches lo que voy a decirte. Puede que no quieras volver a saber de mí nunca, pero necesito decirte algo, por favor. ¿Me vas a escuchar?

-Pues si ya viniste hasta acá, sería mala onda no escucharte. Sólo no te tardes mucho, porque le dije a mi mamá que ya iba, y me va a regañar si me tardo.

-Está bien.

Franco tomó aire. Irónicamente, encendió un cigarrillo.

-A ver, Mariel, mira, yo, a pesar de ser muy pequeño, de ser un niño, he tenido una vida bastante rápida. No sé cómo explicarte todo lo que tengo que decirte. Mira, soy miembro de una pandilla a la que tiene casi 2 semanas en la que no me aparezco, lo que me va a traer consecuencias. Si te preguntas por qué te estoy diciendo ésto, la verdad no lo sé, solo déjame terminar. Hago y he hecho cosas malas, muy malas. Pero, a decir verdad, ya no quiero hacerlas. Tengo 16 años, cumplo 17 en poco tiempo. Sé tocar la guitarra, me gusta cualquier música, menos la que bailamos adentro. De momento no tengo nada qué hacer, más que ir a la escuela abierta durante dos horas. No sé, te lo digo en serio, que es lo que me pasa contigo, lo único que se, Mariel, es que eres la mujer más hermosa que he visto en toda mi vida. No sé lo que me sucedió cuando te vi, en verdad, solamente sé que debía venir y no dejarte ir. No sé si esté enamorado de ti, o vaya a lograr que tú lo hagas de mi, sólo sé que quiero estar a tu lado el mayor tiempo posible. Te prometo que, al menos, te haré pasar momentos graciosos. No sé s vaya a ser un mes, un año, no sé cuánto tiempo, sólo sabré si es un frenesí o algo más lo que me está pasando, si lo dejo fluir. No soy un caballero, no soy un príncipe azul, no te prometo un corsel y un traje, te prometo que voy a estar ahí siempre que me necesites, eso sí. No sé si algún día vaya a hacerte sufrir, si lo hago, voy a dejar hasta el último aliento de mi ser, para que ya no sufras. Otra cosa que te prometo, es que si un día te alejas de mi, te voy a extrañar como nadie te ha extrañado, te voy a llorar como nadie te ha llorado, soñaré con tus recuerdos todos los días de mi vida y escribiré canciones y cuentos. Y si te puedo prometer eso, es porque eres la primera persona, que me hace querer ser un mejor hombre-Frenó un poco al ver que Mariel estaba desconcertada, pero sonrió un momento- Hace rato leí un cuento y había una palabra que me llamó mucho la atención. Busqué su significado y creo que así es lo que vamos a vivir.

-¿Cuál palabra?- Preguntó Mariel, sólo por compromiso.

-Níspero, es un árbol bastante raro, su forma es lo más raro del mundo, es único.

-Y, ¿cómo es?

-Me das la mano y te explico mientras vamos rumbo a tu casa, ¿te late?

- Está bien...

Caminaron con rumbo hacia la luna, mientras la música de la choza se perdía con el silencio de la noche. Ellos se perdieron a los pies de la luna, dibujando un níspero con su abrazo...