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lunes, 19 de septiembre de 2016

Níspero

La choza no estaba, para nada, ni a la mitad de su capacidad; sin embargo, la pista se encontraba llena y se bailaba a ritmo de salsa. Franco, como de costumbre, llegó tarde para instalarse al fondo del lugar con su grupo de amigos. La rutina era la misma: beber y fumar hasta saciarse; a veces, bailar si alguna chica de buen ver estaba dispuesta también, para concluir la noche con besos y arrumacos. Como algunas veces sucedió, para su buena suerte.

La Choza era un lugar, clandestino a todas luces, en donde se podía bailar y beber por las tardes. Estaba ubicado en un lugar casi escondido por las calles de Iztapalapa. Justo en los límites con el Estado de México. Bonito lugar. Por dentro era más sencillo que la tabla del uno. Constaba de un salón de fiestas con mesas alrededor de la pista, todas de distintas marcas de cerveza y materiales diversos; había desde los suertudos que les tocaba una de Tecate de metal, hasta los que corrían con la mala suerte de tener una de plástico de Corona, que era un juego de azar el que pudiera sostenerse. De sillas ni hablamos. La pista era muy amplia, demasiado, tal vez de las más grandes que haya visto, más allá de la elegancia o el tamaño del salón. al fondo había una tarima que, como todos sabemos, en las fiestas se utiliza para la banda versátil uniformada de negro y azul; aquí, el dueño era DJ crown, o al menos eso se alcanzaba a distinguir en su presentación, un sonido con el que concluía cada una de las rondas de música, anunciando abruptos cambios de géneros. Dj Crown  iba acompañado de un equipo bastante ostentoso para el lugar. Siempre llegaba al lugar como una celebridad, y pedía ayuda a los asistentes para cargar su equipo; si eran mujeres, les prometía una ronda de salsa, género en el que era uno de los más aventajados del lugar.

Los asistentes variaban: Las escuelas aledañas eran las principales abastecedoras de personas, incluso escuelas de bastante lejos y gente de barrios, que nada tenían que ver con Iztapalapa, hacían cansados trayectos para conocer la famosa Choza.

Franco desenfundó un cigarrillo y reflexionó en los últimos meses de su vida...

Con 16 años, Franco era un estuche de monerías. Pertenecía a una pandilla de su barrio, conocida por su violencia y por las distintas facetas de crímenes que realizaban sin el menor de los escrúpulos, apoyados por gente muy importante. A pesar de eso, su gusto por el arte en cualquiera de sus expresiones, lo hacían alguien un poco diferente a lo que eran los demás integrantes. Además de algunos conocimientos amplios en distintos temas.

Durante su estancia con los llamados "Killers", Franco vivió los más grandes excesos y peligros a muy corta edad. Había tenido que robar y matar para poder ser elegido entre ellos. Por el día eran criminales que parecían tener una vasta experiencia; por la noche, eran niños drogándose y bebiendo mientras hablaban infinidad de estupideces. El más grande de ellos tenía 19 años.

Franco pasaba sus momentos de relajación en su casa, encarnizado en el aprecio de cualquier película que le pareciera de interés para consolidar sus conocimientos. Porque, en el fondo, él creía que no pertenecía al lugar en el que se desenvolvía. Tuvo unos cuantos encuentros amorosos con Sara, la amiga a la que siempre amó, pero ella despreció por mucho tiempo. Encuentros en los que sucedió todo; menos tener sexo, pues  Sara no quería tener sexo con alguien que no fuera su novio.

Ya, de por sí, la monotonía le comenzó a molestar en algún momento. Franco se alejó de la pandilla y descuidó sus deberes, algo que molestó a los líderes de los "Killers", que comenzaban a verlo con ciertos aires de traición y de decepción; porque, eso sí, era de los mejores elementos que tenían en sus filas. Esta situación lo encontró en un dilema que parecía no tener solución. De seguir así, terminaría muerto por traición, o tendría que conocer las entrañas de otro mundo del cual se había desconectado, pues huir era la única opción.

Al paso de algunas fumadas, en las que Franco se limitó a mirar figuras bailando bajo unas luces insípidas, sucedió algo que él jamás pensó que sucedería. Apareció una chica. Era de tez morena, de maneras desenvueltas al caminar, y con una mirada que se perdía hacia él, aunque no era a Franco a quien miraba.

La misteriosa chica miraba al "Rasta", un amigo de Franco que tenía un gran éxito con las mujeres. A pesar de las rastas y algunas actitudes arrogantes, el "Rasta" hacia sobresalir los rasgos finos de su rostro para atraer mujeres al grupo de amigos que era bastante numeroso. Franco no se molestó siquiera en mirar al Rasta, Se había perdido en esos ojos negros y enormes, un rasgo que solamente había encontrado bello en los animes.

La complexión de la mujer era la perfecta simetría entre la delgadez y la "buena carne", según pensaba Franco. Vestía sencillo. Jeans de color azul ,playera negra sin ningún estampado y unos tenis blancos sin agujetas. Lo que le daba un aire de confianza que Franco jamás había percibido en una mujer, y más, que a la Choza todas buscaban llevar atuendos extravagantes. Ella era diferente.  Por primera vez, los sentidos de Franco se habían rasguñado y perdió toda esa tranquilidad que parecía tener en todo momento.

La chica misteriosa se sentó en un lugar cerca de donde se encontraba DJ Crown, después se levantó para bailar con sus amigos en una rueda de al menos 10 mujeres y unos cuantos hombres perdidos- más bien afortunados, pensó Franco-. Las mujeres se movían con soltura y tenían entretenidos a más de uno en el lugar, pues las veían como aves de rapiña. Franco sólo la miraba a ella.

La desesperación era incesante. Franco se moría por saber algo de ella, pero había un enorme problema: Franco, en todos los lugares a los que había ido a alguna fiesta, o en cualquier tugurio en el que se había encontrado, jamás había sacado a bailar a una desconocida. Se limitaba a que otros hicieran el trabajo difícil , para que él solo tuviera que confiar en su habilidad de convencer y así lograr alguna conquista.

En ese momento terminó con más de medio litro de cerveza de un par de tragos largos, y se creyó capaz de conseguir sacar a bailar a la chica misteriosa. Comenzó el camino que iba haciéndose más largo en medida que él se iba acercando. Mientras lo hacía, las demás mujeres lo miraban esperando una invitación; incluso un par le sonrieron, pero él no se dio cuenta, porque ella ni siquiera lo miró. Franco sólo la miraba a ella.

Se acercó y ella estaba platicando con una de sus amigas al oído. Esperó a que ella terminara para no ser imprudente. La chica terminó y lo miró con desprecio y con altivez. Él hizo su intento. Pagó por su novatez.

- Hola, ¿quieres bailar?- Sí, lo dijo inseguro, trabándose en las palabras y mirando hacia otro lado.

-No, gracias- No terminaba de decirlo cuando ella ya miraba para otro lado. Aunque Franco escuchó su voz, lo cual ya era ganancia.

Franco regresó con sus amigos derrotado y fue a comprar otra cerveza, pensando en volver a terminarla rápido y regresar a hacer otro intento. "Quiero que me mande a la chingada otra vez, me gustó como lo hizo", pensó. Durante el trayecto no dejó de pensar en su mirada ni en su rostro. Le parecía lo más hermoso que había visto. De alguna manera, algo pasó en ese momento, porque lo único que quería hacer era verla de cerca; ya no pensaba en bailar, platicar o conocerla, sólo quería mirarla. " Cuando vaya y me mande otra ves a la chingada ojalá y sonría, así me podré ir tranquilo a mi casa", dijo para él.

Franco venía de regreso con su cerveza. Se miró las manos y lo que alcanzaba a ver de su cuerpo, como haciendo una revisión de sí mismo. Para cuando pasó por un solitario espejo que estaba incrustado en una de las paredes de La choza, le brillaban los ojos y se notaba nervioso, aunque una mínima sonrisa asomó por su rostro.

Regresó triunfante con la cerveza en la mano y un cigarro encendido en la otra. Alzó un poco la mirada buscando a la chica misteriosa, y no la encontró. Cabeceó de desesperación hacia todos lados, pues no creía que se hubiera ido, puesto que no la vio salir al ir a comprar la cerveza, pues la barra se encontraba a un costado de la salida. Pero, al mirar a un costado suyo, donde había visto a un par de sus amigos moverse al ritmo de la música, miró a la chica misteriosa bailando con uno de sus amigos, " El Fénix", uno de los más desgraciados con las mujeres.

La imagen lo decepcionó, pues él quería saber un poco más de ella y ella ya se encontraba en las garras de el Fénix. Franco comenzó a registrar la pared con la mirada y pensó en que su valor no era de primera. No quiso voltear para evitar entrar en detalles de lo que él pensaba que estaba por suceder. Tuvo un aire de tristeza. Agachó la cabeza. Manoteó y pensó en irse. Pero, ya platicando ella con el Fénix, tal vez la podía ver reír.

Franco volteó y lo sorprendió El Fénix de frente y desesperado.

-¡Carnal, tírame paro!- Le dijo el Fénix desesperado, agitando su celular y levantando la voz debido a la música.

-¿Qué pasó, cabrón? Creí que ya habías conectado- aunque no lo crean, lo dijo con desánimo

-No mames, me acaba de hablar mi vieja que ya está aquí en el metro y que vaya por ella

-¿Y qué quieres que haga?

-Pues distrae a esta morra un rato

- ¿Para qué la sacas a bailar si la vas a a mandar a la chingada?- Lo dijo molesto, como defendiendo a una amiga.

- Pues es que mi vieja me dijo que llegaba más tarde, pero se adelantó, ahora ya me saló este fajesito.

- Pues va. Ya vete, antes de que te la hagan de a pedo.

Franco estaba muy nervioso, pues la chica misteriosa bailaba sola en la pista. Dudó en acercarse, pero sabía que cualquiera podría llegar y arrebatarlo del privilegio. De repente, se encontró sudoroso de las manos y apesadumbrado sin motivo aparente. Eran solamente un par de metros lo que los separaba, pero esos pasos lo encorvaban y sometían en una pesadez brutal. Al fin llegó.

Se detuvo frente a ella. la tomó de los brazos y la miró un par de segundos.

-Oye, mi amigo fue al baño, me dijo que bailara contigo mientras regresaba, ¿no te importa?- dijo Franco

La chica misteriosa lo miró fijamente por un par de segundos.

-No- lo dijo y después sonrió tibiamente.

La chica misteriosa no prestaba atención a Franco. Se movía al ritmo de la música como si fuera parte de su cuerpo. Poseía la agilidad del aire. Miraba hacia cualquier lado, mientras ponía las manos en su cabeza, se recogía el cabello o miraba hacia el suelo. De reojo miraba al espectador atónito. Franco parecía un esclavo lamiendo y mordiendo la tierra para su amo.

Por otro lado, Franco se quedó atónito. Intentó moverse para no parecer un idiota, pero en su mente no existía otra cosa que el espectáculo que estaba presenciando. El pensó que si un día pudiera entrar al museo de Louvre, se quedaría, más o menos, en las mismas condiciones. No sabía si el mundo se había detenido, o si todo giraba más lento alrededor de ella. No la conocía, ni siquiera sabía su nombre, pero el aire de paz que respiraba a su lado, le dio la tranquilidad para quedarse atónito mientras veía a la chica bailar.

-¿Cómo te llamas?- preguntó Franco, aun sabiendo que podía arruinarlo todo.

-Mariel, ¿y tú? contestó la chica.

"Conque así se llama, Mariel, sabía que estaba asociado a algo tan hermoso como el mar", pensó Franco. Imaginó una escena en la que ella estaba frente al mar y él la miraba. "Una escena para morirse de la belleza", dijo Franco y sonrió justo en el momento en que Mariel lo miró. ¿Qué significado tendrá su nombre? Acaso un..

- Ajá, ¿cómo te llamas?- dijo Mariel, levantando su rostro en tres ocasiones.

- Franco- contestó sin dejar de mirarla a los ojos.

-¿Cuántos años tienes, Franco?- preguntó Mariel, quería saber la edad del niño que tenía frente a ella.

- Dieciséis, Mariel, ¿y tú?

-Dieciocho.

Mariel seguía bailando, aunque no ocultó su sorpresa de ver a ese niño que la miraba como nunca nadie la había mirado. Ni siquiera se dio cuenta cuando Franco la tomó de la cintura y se acercó a ella. Lo único que Mariel supo, fue que no le disgustaba que la tomara y la mirara de esa manera. No supo qué pensar. Se limitó a dejar que Franco tuviera una pequeña porción de lo que ella significaba.

Platicaron algunos minutos hasta que terminó la música. Franco la llevó hasta su lugar, algo que no se acostumbra hacer en este tipo de lugares, donde las relaciones son de lo más superficiales. Cuando Mariel se dio cuenta de esto, no ocultó su sorpresa, pero de igual manera no le disgustó tanta atención. Preguntarse si era del gusto de Franco hubiera sido una tontería, era evidente que sí.

Mariel dio las gracias. Se sentó, pero Franco no se movió del lugar. Se quedó viendo la sonrisa y el cuchicheo de ella con sus amigas." A este lo traes bien pendejo, amiga, ¿ya viste cómo te mira?", pensó Franco en esa conversación, aunque sintió un poco de temor hacia la posible respuesta de Mariel. Ella sentía las miradas de Franco, sentía como si estuvieran encendiendo una fogata a su alrededor, y Franco se incineraba en cada mirada.

Pasaron quince o veinte minutos. Franco volvió a invitarla a bailar. La mirada de ambos era, en cierto modo, un anticipación de vergüenza. Lo que Mariel pensó en ese momento va a ser siempre un misterio. Su mirada se veía contenta y a la vez sorprendida del efecto que causó en este pobre hombre, al que se le doblaban las piernas y le sudaban las manos. Aunque Franco percibió algo triste, vio en esos ojos negros y enormes algo triste que lo llevaba hacia ellos. Una sensación de falta de amor verdadero. Especulaciones, jamás lo sabrá.

A la mitad de la ronda de música, Franco tomó de la cintura a Mariel. Ella lo miró incrédula. El miedo y la sorpresa tiraron de ella de ambos brazos. Tomó por un segundo las manos de Franco. Él pensó que Mariel iba a quitarlas al momento, pero lo que hizo lo sorprendió: las tomó para pegarlas más a su cuerpo, para asegurar un agarre firme. Mariel sabía que el movimiento había sido salvaje y sorpresivo, pero obtuvo lo que quería: la sorpresa de Franco. Franco se imaginó una escena de comedia romántica tonta, porque creyó que ese tipo de situaciones no existían, que el amor a primera vista era un invento mediático para justificar las relaciones superficiales. Franco seguía sin poder creerlo; obviamente no estaba enamorado, ni era lo más intenso que había sentido. Lo que sí, es que la sensación de estar lejos de ella iba a provocarle algún malestar y un vacío.

Al final de la ronda musical, prosiguieron a los mismos pasos de la vez anterior. Sólo algo cambió al fnal: se miraron, como si nunca fueran a volver a verse, como un amor de inverno o una aventura de vacaciones. No se sabe si fueron las fuerzas de la naturaleza lo que los atrajo; porque si les preguntas, fue uno quien besó al otro. No se sabrá nunca si el tempo se detuvo para observarlos y para ellos, o si se perdieron tanto en los labios del otro que todo sucedía más lento.

El beso no tuvo nada de extraordinario en estética, pues la coordinación no reinó entre ellos. Cada quien iba a su ritmo y abría la boca con sensaciones diferentes. Al final encontraron un punto neutro que los invitaba al abrazo. No lo hicieron.

- Ya me voy, Franco, gracias por el baile- concluyó Mariel el día, tajante.

-Oye, pero, espera, ¿cuándo vuelvo a verte?- contestó Franco, con un aire de decepción y de derrota, aun después de la victoria que había conseguido.

-Nos vemos aquí el próximo viernes.

La respuesta de Mariel envió a Franco al quinto círculo del infierno. "Esperar una semana para volver a sentir lo que siento hoy va a ser un martirio", pensó. La vio despedirse de sus amigos con una sonrisa encantada, con una gracia suprema, y la vio tomar el camino hacia la salida, sola.

Franco regresó a su lugar desganado. Su semblante era confuso.

-¿Qué te pasa, cabrón?- Le preguntó Omar, su primo, con cara de incredulidad.

-No sé, carnal, la verdad que estoy desconcertado.

-¿Apoco si te latió mucho esa morra?

- ¿Cuándo me habías visto así?

- En eso tienes razón, sólo te he visto con esa cara cuando ya estás hasta la madre y no piensas en nada, cuando esperas aterrizar del viaje.

- Dice que la veo el próximo viernes

-¿Y qué va a pasar el resto de la semana? ¿ Lo sabes? ¿No, verdad? Si en verdad te latió la morra de esa manera, no seas pendejo y ve a buscarla.

Franco recibió esa frase con un aire de certeza. Se dio cuenta de que había cosas que no podía controlar en una mujer que no conocía, sobre todo cuando no le preguntó si tenía a alguien o algo en puerta. No siguió platicando con nadie y salió corriendo a buscarla.

Franco salio del lugar disparado, con una habilidad que sólo se le veía en los tiempos en los que jugaba fútbol, en busca de Mariel. Para cuando comenzaba a recorrer la primera calle saliendo de La Choza, la vio de espaldas caminando mientras hablaba por celular. La caminata era la que él esperaba, siempre con las maneras desenvueltas. Franco llego hasta donde ella estaba.

-¡Mariel! Espera, no te vayas.

-¿Qué pasó?

-Nada, solamente que no te pedí tu teléfono- Murmuró Franco. Mintió.

-¿Y para eso viniste hasta acá?

-No, la verdad no- Franco se entregó, dijo cualquier cosa con el afán de poder quedarse frente a ella, mintió descaradamente y sabía que Mariel se había dado cuenta.

-Entonces, ¿qué quieres?- Mariel lo miró, pensando que él pensaba en volverla a besar, algo que para ella no era ningún disgusto.

Franco era imposible de ver adentro, Pero al salir, con la tenue luz de la luna sobre su cara, fue fácil de apreciar lo que era. Era un niño. Cara de niño. Mirada de niño. Un alma que apenas salía del cascarón, Un alma que creía vivir en un cuerpo de mil años, y que se pensaba una persona de enormes años y experiencia; hasta la voz, esa voz tenue y nerviosa, hasta mínima e insulsa. Una voz que desnudaba una edad y una condición, que entre las luces era imposible de vislumbrar. La voz y la actitud parecían de una persona mayor, porque, tontos, no habían puesto atención a la edad de cada quien.

La imagen fue demasiado fuerte para Mariel. No había entrado en razón de la bronca que se había echado encima, pues ya le habían tocado un par de niños en la escuela, y la situación no le pareció agradable. Sin embargo, Franco se veía decidido a decirle algo más que un "te invito a salir", o una propuesta de noviazgo.

-Mira, Mariel, sólo quiero que escuches lo que voy a decirte. Puede que no quieras volver a saber de mí nunca, pero necesito decirte algo, por favor. ¿Me vas a escuchar?

-Pues si ya viniste hasta acá, sería mala onda no escucharte. Sólo no te tardes mucho, porque le dije a mi mamá que ya iba, y me va a regañar si me tardo.

-Está bien.

Franco tomó aire. Irónicamente, encendió un cigarrillo.

-A ver, Mariel, mira, yo, a pesar de ser muy pequeño, de ser un niño, he tenido una vida bastante rápida. No sé cómo explicarte todo lo que tengo que decirte. Mira, soy miembro de una pandilla a la que tiene casi 2 semanas en la que no me aparezco, lo que me va a traer consecuencias. Si te preguntas por qué te estoy diciendo ésto, la verdad no lo sé, solo déjame terminar. Hago y he hecho cosas malas, muy malas. Pero, a decir verdad, ya no quiero hacerlas. Tengo 16 años, cumplo 17 en poco tiempo. Sé tocar la guitarra, me gusta cualquier música, menos la que bailamos adentro. De momento no tengo nada qué hacer, más que ir a la escuela abierta durante dos horas. No sé, te lo digo en serio, que es lo que me pasa contigo, lo único que se, Mariel, es que eres la mujer más hermosa que he visto en toda mi vida. No sé lo que me sucedió cuando te vi, en verdad, solamente sé que debía venir y no dejarte ir. No sé si esté enamorado de ti, o vaya a lograr que tú lo hagas de mi, sólo sé que quiero estar a tu lado el mayor tiempo posible. Te prometo que, al menos, te haré pasar momentos graciosos. No sé s vaya a ser un mes, un año, no sé cuánto tiempo, sólo sabré si es un frenesí o algo más lo que me está pasando, si lo dejo fluir. No soy un caballero, no soy un príncipe azul, no te prometo un corsel y un traje, te prometo que voy a estar ahí siempre que me necesites, eso sí. No sé si algún día vaya a hacerte sufrir, si lo hago, voy a dejar hasta el último aliento de mi ser, para que ya no sufras. Otra cosa que te prometo, es que si un día te alejas de mi, te voy a extrañar como nadie te ha extrañado, te voy a llorar como nadie te ha llorado, soñaré con tus recuerdos todos los días de mi vida y escribiré canciones y cuentos. Y si te puedo prometer eso, es porque eres la primera persona, que me hace querer ser un mejor hombre-Frenó un poco al ver que Mariel estaba desconcertada, pero sonrió un momento- Hace rato leí un cuento y había una palabra que me llamó mucho la atención. Busqué su significado y creo que así es lo que vamos a vivir.

-¿Cuál palabra?- Preguntó Mariel, sólo por compromiso.

-Níspero, es un árbol bastante raro, su forma es lo más raro del mundo, es único.

-Y, ¿cómo es?

-Me das la mano y te explico mientras vamos rumbo a tu casa, ¿te late?

- Está bien...

Caminaron con rumbo hacia la luna, mientras la música de la choza se perdía con el silencio de la noche. Ellos se perdieron a los pies de la luna, dibujando un níspero con su abrazo...







sábado, 11 de julio de 2015

Eyael

Escapó. Sí, por fin lo logró. Después de la fatídica caída que lo dejó sembrado en la inmundicia de la tortura y el desprecio. Tuvo 200 años de pesadilla, que lo mantuvieron absorto en los roedores que amenazaban con comerle la piel y roerle las alas. Durante milenios se mantuvo invisible, inmaterial, hasta que tuvo la curiosidad de volar y sentir el aire atropellar un rosto de carne. Se cansó de aparecer únicamente en sueños y visiones. Tomó una de las oportunidades especiales, de esas que su creador da en pocas ocasiones, para así, obtener una  forma tangible, visible, que lo hizo experimentar sensaciones humanas. Por un momento no fue un ser divino ni celestial por completo, y la ayuda de Dios no era algo que necesitó mientras surcaba por los aires como un halcón, con vuelos cruzados y personalidad imponente.

Atrás quedó ese cuarto- si es que se le podía llamar así a esa pocilga- polvoriento, angosto, un pequeño cubo que significó una prisión precaria, en el que dejó su dolor, dignidad, súplicas y todo lo que lo convertía un ente divino, porque ya ni siquiera era hermoso y radiante. Era una simple jaula de huesos, mortal, con la diferencia de que provenía de un lugar celestial. La claridad de su piel se convirtió en una palidez enferma, con manchas negras, grises y moradas de mugre, polvo y castigo.

Mientras volaba entre los árboles de un bosque que era arrasado por los vientos otoñales, que asustaban a los herrerillos y a los pájaros carpinteros, pues los despojaba con furia de su jardín; sólo una lechuza, que aguantaba como rompeolas,  lo miró pasar a una velocidad supersónica. No puso atención a nada. Simplemente voló y voló. Por un momento estuvo a punto de suplicar un cambio permanente, en caso de ser posible, mas no imaginó que ese ápice de libertad lo llevaría al castigo de la purificación de la mente. De cuando en cuando se detenía en un árbol, sólo para observar la exquisita vegetación y fauna del bosque que, ahora, había asaltado su preferencia precipitadamente.

Bajo los bosques se encontraba Francisco Pizarro, un hombre con aspecto de abolengo. Era alto y de piel blanca. Cabello negro, largo, y ojos como nueces. Tenía una barba que parecía pintada, pues, a pesar de tener un color negro intenso, no era tan apiñada. Francisco, además, tenía un aire de nobleza por su parado, su mirada, y esa altivez propia de quien pertenece a la aristocracia. Además de una vestimenta con gusto sutil, pero, a la vez, elegante.

Eran las 11 de la mañana.El aire continuaba desnudando los árboles, mientras las aves, el caer de las hojas y la voz del viento formaban una melodía tenebrosa, aún para una hora plenamente luminosa y viva; más, en un páramo fresco y dilatado como el que ambos exploraban. Francisco miró hacia arriba, como si esperara la llegada de un cometa; a diferencia de esperar con un telescopio y con un deseo, Francisco martilló su arma, una escopeta antigua, con un solo tiro, sin margen de error, y apuntó hacia el único lugar por el que asomaba el cielo en aquel bosque.

Eyael sintió un impacto en una pierna, acompañado de una ráfaga de aire diferente, artificial, que lo hizo caer atropelladamente a la tierra, no sin antes mutilar árboles y aplastar ardillas que se encontraban en su desplome. Cayó y sintió un inmenso dolor humano, aunque, gracias a su poder, tuvo la fuerza para soportarlo e intentar levantarse. Pero, a su lado, ya estaba Francisco para impedirlo.

-Ni siquiera lo intentes-, dijo, con voz de mando, como de un general, mientras le apuntaba a la cabeza- Quiero que mi nueva mascota se vea impecable en el momento en que te conozcan.

Eyael sintió el miedo y la desesperación por primera vez. Lo sintió natural, innato, que se apoderaba de él, lo paralizaba y le impedía moverse, ni siquiera pensar en una manera de escapar al peligro. Comenzó a padecer temblores, mareos, la boca se le secó, tembló y le vino un escalofrío. Sentía por primera vez las maldades del miedo. Se sintió amargamente desprotegido por su creador.

-¿Por qué haces esto?- dijo Eyael, con la voz temblorosa.

-Porque quería una mascota que nadie tuviera, y el Hombre de los ojos rojos me dijo que hoy, a esta hora, en este lugar, iba a encontrarte- aclaró Francisco, sacando un par de grilletes y una cuerda.

-¿Quién es el hombre de los ojos rojos, por qué te habló de mí, o por qué habría de saber de mí? ¿Acaso tienes idea de quién y de qué soy, del castigo que te vendrá con esto?

-Sé lo que eres. Quién, la verdad no me interesa. El castigo lo supe desde el momento en el que te pedí como un suplemento, como algo extra, a cambio de mi alma.

Eyael no tuvo que adivinar. Supo en ese mismo instante que el enemigo primordial de su creador  lo vendió por un alma como cualquier nimiedad.

-Por favor, señor, ayúdame- suplicó Eyael

-Es inútil. Ya eres mío. No hay nada que puedas hacer.

Eyael no tuvo respuesta alguna mientras miraba al cielo suplicando. Francisco le tomó las manos y los pies y lo apresó con los grilletes. Después, con la cuerda le sujetó las alas. Lo llevó a rastras durante más de un kilómetro, sin importarle los raspones y golpes que Eyael se daba contra los árboles y las raíces que asomaban del suelo. Lo arrastraba sin ningún esfuerzo, pues no derramó una sola gota de sudor, o mostró algún atisbo de cansancio en la caminata.

Arribaron a una extravagante casa de madera. Era bicolor. La mitad de las maderas, de la mitad hacia abajo, pintadas de color blanco, como el ampo de la nieve, la otra, sin pintura. Natural. Imponente. De tres plantas y amplia. Con un cobertizo,también de madera, que bañaba en sombra la fachada. A un costado, había al menos 20 caballos, que eran vigilados por un solitario viejo que fumaba un cigarro al pie de un árbol, mientras jugaba con sus pies a bailar un vals con alguna doncella.

Los recibió una mujer. Alta, delgada, levemente morena, con mirada y sonrisa recién amanecidas. Con el cabello rubio brillante, partiéndole la espalda por la mitad.

-Aquí está, amor mío. Conoce la belleza en todo su esplendor. Siempre cumplo lo que prometo- dijo Francisco, satisfecho.

Al oír esas últimas palabras, la mujer no pudo hacer otra cosa más que quedarse perpleja. Estaba viendo al ser divino gateando en su propiedad. Sin embargo, sí, era hermoso. Eyael era una criatura fascinante, pues su cabello era de un café luminoso. Su piel blanca como el marfil. Sus ojos eran hipnotizadores, fácilmente podías entrar en un tobogán de emociones con solo una mirada rápida. Cafés, también. Su cuerpo era como lo había pintado Luca Giordano, hermoso e imponente, pero, en ese momento, parecía indefenso, como en los cuadros de Guido Reni que adornaban su biblioteca. Eyael estaba desnudo, y la mujer lo miró atónita en su perfección, pues era una escultura de carne y hueso, que la hizo humedecerse en pensamientos lascivos.

Lo llevaron a la parte trasera de la casa, dónde había un cubo de piedra con una puerta de madera. Era una mosca en una sopa. Contrastaba su palidez y su frialdad, con la calidez del hogar que tenía enfrente. No tenía ventanas. Únicamente una puerta, en la que asomaba un pequeño recuadro, que hacía una suerte de segunda puerta. Mientras era arrastrado, miró hacia atrás y vio una pluma de sus alas, fugitiva de su cuerpo, que se quedaba impávida y brillante a pesar de los silbidos del viento, justo a un costado de la enorme edificación de madera. Francisco abrió la puerta. Lo arrojó hacia dentro. Recibió una botella de vino tinto y dos copas de una mujer que se alejó haciendo una reverencia.

-Bueno, aquí va a ser tu nueva casa. Puedes familiarizarte con ella fácilmente. No hay mucho que ver, pero creo vas a tener mucho que sentir- dijo Francisco, mientras destapaba la botella con un objeto de metal.

- ¿Piensas aprisionarme en esta pocilga?- casi susurró Eyael, con un aire de resignación.

-Pues sí. Pero, mira el lado bueno: tú querías probar la mortalidad, vas a tener mucho tiempo para empaparte de ella. Gozarla, o, en su defecto, sufrirla. Todo depende de ti.

- Pero, ¿cómo voy a gozar la mortalidad, si me tienes aprisionado en este cuarto vacío?

El cubo era de piedra, de un solo color. Por un lado asomaban, como avergonzadas, una cama, una pequeña mesa y una silla. Por el otro, los roedores se habían alojado en unas rocas sueltas, en las que construyeron una suerte de madriguera. Tenía compañía, al menos.

-Eso puede cambiar, dependiendo de tu comportamiento. Mientras mejor te portes, igual y duermes algún día en la casa, en mi cuarto, junto a mi cama. Por ahora bebe, creo que te hace falta- Francisco terminó de decir esto, al tiempo que le acercaba a Eyael una copa de vino. - Bebe, te va a gustar.

Eyael bebió el vino de un solo trago. Sintió por primera vez la sensación de perder la respiración. Miró a Francisco y supo que, a pesar de sus últimas palabras, el ofrecimiento era una tentativa venenosa. Cada palabra que salía de su boca parecía un vehículo de la maldad y de la amenaza. Observó hacia la puerta y vio el fulgor amarillo de los últimos rayos del sol asomar y darle un aire de cierta tranquilidad a su nueva celda. Pensó en el parecido que tendría aquel cubo, con el abismo  donde cayeron los abortados por su creador después de las guerras en el cielo.

-Te voy a dejar un rato solo, para que te acostumbres- anunció Francisco, dando la vuelta para dejar atrás a Eyael con su copa en la mano y el dolor en la garganta.

-¡Espera!- gritó Eyael, con dificultad por el dolor, casi que el grito sonó como un susurro- Antes, quiero que me digas cómo fue que hiciste un trato con el condenado. No entiendo cómo fue que pasó.

-Es una larga historia. Pero, en favor de tu sufrimiento, creo que lo menos que mereces es escucharla.

Francisco había recibido veinte heridas de espada, una en el cuello, y una masacre con un cántaro en la cabeza. Todos lo pensaron muerto, pues había dejado de respirar; sin embargo, el cuerpo inerte que yacía ahogado en sangre, rebanado como un ejército intentando cortar un pavo, en aquel palacio de la ciudad de Lima, todavía estaba con vida.

En el lecho de muerte, vio llegar a un hombre viejo. Un hombre con un caminar insolente, de pasos cortos, pero bien marcados. De lejos tenía el aspecto de una persona valiosa, pero a la vez siniestra. Traía un bastón en la mano, que parecía un azote de culpables, y tenía una cara con una sonrisa demoníaca. Iba vestido íntegramente de negro. Sin embargo, lo que más lo sorprendió, y asustó a su vez, fueron sus ojos. Eran unos ojos color rojo, intenso, como si viera a dos volcanes en erupción por dentro de ellos. Lo hipnotizaron desde el primer momento. Justo antes de llegar a su lado, comenzó con el trato.

-No te ves muy bien, Francisco- pronunció el hombre, con una sonrisita burlona y sarcástica.

-Estoy muriendo. Es lógico que no me vea bien- contestó Francisco, mirándolo a los ojos. Después agachó la mirada y se encogió de hombros con la pregunta siguiente.

-¿Quieres morir?

-No, nadie quiere morir. Pero, bueno, estoy enfermo. Me duelen los dedos de las manos y no puedo caminar correctamente desde hace dos años. No sé si sea lo mejor. Eso, sin contar que sobre mi espalda cargo con millones de muertos en nombre de la corona española.

-Eso me gusta. Sabía que ibas a inventar una excusa. ¡Claro! Te falta decir que venías con sólo un centenar de hombres y acabaste heroicamente con millones de personas conquistando el imperio, ¿No?

-¿Cómo...?

-Yo lo sé todo. O invento todo. Sé que eres un recalcitrante católico, que te vas a ofender después de estas palabras; aunque, al final, ya sé lo que vas a decidir. Solo falta que me digas el alma que me ofreces a cambio de la vida eterna, y, por tu inmensa labor en el exterminio de los hipócritas humanos, te voy a regalar una cosa más, la que tú quieras. El trato incluye que te preste a mis musas para ofrendas de sangre y que satisfagas todos tus deseos de carne; estoy seguro que Cuxirimay no es capaz de complacerte, además de un regalo extra. Eres un cerdo, un pervertido y un genocida. Eres todo lo que yo sería si fuera humano. Aunque, mis hijos me honran ; uno ya lo conoces, te dejaré con la duda de quién es, el otro, creo que en unos 400 años tendrá su momento de gloria. Así, pues, dime lo que vas a ofrecerme por darte los dones de la vida y dicha eternas. Sé quién eres, Francisco. Te he observado desde mi trono de sangre y lágrimas. Hace tiempo que camino a tu lado.

-¿Tú... eres... Luci..?

-Sí, aunque mi nombre no es lo importante; ya ves, cada quien me dice como mejor le parece. Bien podría hacer una lista, no sé, me da igual. Sólo estoy aquí ofreciéndote la vida eterna, a cambio del alma que mejor te convenga. Ah, por cierto, por riquezas no te preocupes- dijo el hombre, que no se movió ni un ápice de su posición, y no lo haría durante el trato.

-¿Mi corazón está tan vacío? ¿Soy tan despreciable? ¿He sido, acaso, tan indiferente a la vida, que seré tragado por tu mundo de demonios y prisionero de criaturas aterradoras? Entonces no sirvió de nada lo que hice en nombre de la corona y de Dios. Únicamente fueron promesas vacías que se esfumaron como el vapor. Jamás logré acercarme a Dios. O sí, pero él se alejó de mí.

-Tu error, al igual que el de casi todos, fue creer y no entender. Por eso la creencia en él se expandió como una enfermedad. Un pensamiento o una idea, son la enfermedad más fuerte que existe, es casi incurable. Por eso, aunque quisiste, jamás lo pudiste matar dentro de ti. Seguías creyendo que iba a salvarte de tus atrocidades y, querido amigo, eso no iba a pasar jamás. Eras mío desde hace mucho tiempo. Aunque lo transformes en un mártir que amas con todo tu corazón. Se mofó de ti, al igual que de muchos. Él es el que castiga, yo el que perdona.

- Y, entonces, si la vida de todos los hombres corre por los mismos cauces ¿Por qué darme vida eterna, si algún día tomarás mi alma? Eso quiere decir que no es eterna.

-Si te doy una extensión, es porque me encanta tu labor. Me sirves más vivo que muerto. En un mundo lleno de hipócritas que hacen el mal, y luego creen que remedian todo arrodillándose, flagelándose y pronunciando unos simples versos para eliminar sus acciones, tú sobresales en cinismo. Sólo en algo tenía razón mi amigo Jesús, " Quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra". Por lo otro, debes saber que en algún momento tendré una batalla con aquél, y, ahí será cuando pida tu alma. A menos que estés dispuesto a darme el alma de Francisco, Francisca, Juan o Gonzalo. Ahí sí vivirías eternamente; hasta contemplarías conmigo la victoria o sufrirías la derrota. Eso no es algo seguro. .

Francisco seguía tendido. Por un instante se percató de que en derredor no sucedía nada. No sentía dolor. Tampoco frío o calor.Tampoco un silbido de viento o alguna sensación de movimiento cerca de él. Solamente se llenaba de emociones , pues el único clima que percibía era el de la indecisión. Podía ofrecerse el mismo, o , en su defecto, arrojar a uno de sus hijos al abismo del sufrimiento. Lo desechó al instante. "Los genocidas tenemos familia y corazón. Amo a mis hijos y, al igual que cualquier padre, daría la vida por ellos", pensó.

- Te doy mi alma

-El agua empapa, el cielo es azul y tú eres un guerrero inteligente. Predecible.

-Me dejas para que siembre miedo, ¿no es así?

-Exacto. La violencia sucede a la violencia. Jamás acabará. Aunque tú no aceptaras, hay millones que sí. Casi a todos los que han aceptado les he condicionado por su locura, su arrebato. Unos no pueden ver el sol. Otros temen la noche. Pero, a tí, te voy a dejar así como estás. Jamás vas a envejecer. Te vas a atragantar de mujeres, vino y dicha.

-¿Nadie se interpondrá en este trato?

- Los muertos no hacer ruido, Francisco. - Dijo "Luci..." con seguridad y una sonrisita burlona. - Sólo una última cosa, ¿qué más vas a querer? Te lo pregunto por última vez. A mí no me gusta rogar; menos a un simple mortal. Moribundo, además.

-No lo sé. ¿Puedo pedirlo después?

-Claro. Pero no puede ser a más de 300 años de hoy.


-Y, bueno, grosso modo, así fue que 299 años después, estás aquí- Concluyó Francisco, poco antes de resoplar y terminar el último trago del vino francés que abrió; Eyael solo le dio dos tragos.- Pero no te preocupes, no te va a ir tan mal. Aquél me enseñó a disfrutar de los placeres de la vida y a no arrepentirme de nada. Mírame hoy, hago grandes fiestas con meretrices que fornican de arriba a abajo, mato animales inservibles y después me los como, si es que me apetece; tengo una bella casa, una bellísima esposa, y, ahora, tengo una mascota que nadie más se ha podido dar el lujo de tener en la tierra, un ángel. Sí, un ángel. No un caído, sino un castigado. Y voy a hacer contigo lo que quiera.

-Pero, para qué quieres un ángel, si el caído ya te dio todo. Te ofreció algo que no le había ofrecido a nadie, una extensión. Acaso eres incapaz de sentir compasión, de amar, de perdonar.

-¿Perdonar? ¡Si a mí fue al que no fue capaz de perdonar tu creador! ¡Tú y él son la misma mierda! Piden compasión, piden plegarias, sacrificios, y no son capaces de perdonar. A tí no te perdonó el tener un pensamiento humano. Te castigó por querer ser mortal un momento. Por eso estás aquí.

Eyael se quedó petrificado. Recordó que no había vuelto a ver a los que pedían la ocasión especial de sentir. Entendió todo. Había sido castigado por abandonar a su creador. Le estaban recordando que no se podía querer ser mortal mientras era un ser de luz. Aun así, él se había empeñado en quemarse en aras de su tentación. Ahora tendría que cargar ese peso sobre él, aunque le reventara la espalda. Así lo decidió. No suplicó. Se limitó a resignarse y aceptar su castigo. No lamentó volver a ver los atardeceres en las montañas, frente al mar. Tampoco ver a la luna recién nacida flotar sobre un solitario bosque, con el sonido de los grillos amenizando el espectáculo, acompañados de la percusión de pisadas y golpes de otros animales y querer sentir algo sin poder lograrlo. Bebió de un trago lo que le quedaba de vino.

-Entiendo mi destino, Francisco. Pero, ¿por qué ensañarte así conmigo? Acaso es diversión lo que buscas o sólo eres un simple excéntrico, de esos que se presentan diciendo que son especiales, cuando en realidad es capricho lo que los mueve.

-Escúchame bien, como sea que te llames. Ahora que sientes y conoces el miedo, eso es es lo que significa ser esclavo. Así como yo temí el castigo de tu creador, tú vas a temer el mío. Tus ilusiones y tu ser se van a perder como lágrimas en la lluvia. Eso te lo prometo.

- Me llamo Eyael. el ángel de las situaciones difíciles. Quienes me invocan, son estudiosos de la teología; quieren concentración y el fin de los existencialismos. Mi príncipe es Gabriel. Ahora sabes a quién profanas.

La primera exposición llegó casi 20 días después. Eyael terminó de comer el plato de papas y carne de cerdo que le llevaron casi una hora antes, una comida de rey para cualquiera de los antiguos esclavos que tuvo Francisco. Se sentía satisfecho de haber probado siempre buena comida, aunque las condiciones en las que vivía no fueran las de un Ángel. La mayoría del tiempo se ejercitaba para mantener su escultural cuerpo. Hacía los mismos ejercicios que le enseñó Jorge, uno de los tres encargados de asearlo y darle de comer, junto con Sofía y Luis. Se colgaba para cargar su propio peso sobre una fuerte viga que no sostenía nada, pero atravesaba el cubo de norte a sur, según los puntos cardinales que marcó con una piedra sobre la pared. Tenía un lugar para orinar y defecar que no era inhumano como el de una prisión, pues, por alguna extraña razón, el cubo no era un lugar maloliente y desagradable, por el contrario, mantenía un olor a rocas mojadas. Eyael se acostumbró a su nueva casa a los dos días. Intentó gritar, suplicar y rezar, pero pronto se dio cuenta de que era inútil. Nadie estaba ahí para ayudarlo.

De pronto, escuchó demasiadas voces afuera. Se imaginó que era una de las reuniones en las que sería exhibido como un fenómeno. Sofía abrió la puerta. "Ya es hora", dijo. Eyael se levantó y salió del cuarto tropezando con las cadenas de los grilletes. Le fue imposible contar, o, siquiera, tener un acercamiento a la cifra de invitados que había en la reunión. Todos con bata y capucha color hollín. Más bien, tenían pinta de bandidos. Las personas de la reunión parecían de abolengo. Todas caminaban perfectamente, se saludaban con educación implacable y, además, las palabras que pronunciaban parecían sacadas de otro idioma. La hombres tenían solo dos opciones de apareiencia: gordos, pequeños y calvos, o , en su defecto con una frente demasiado amplia y brillosa hasta la mitad de la cabeza; los otros eran altos y angostos, con cabello prominente. Casi todos eran blancos de piel. Las mujeres eran desiguales como los timbres de voz,  pues todas , a pesar de que vestían de forma extravagante y con escotes que presumían sus enormes senos, utilizaban pinturas en la cara que formaban una especie de máscaras, que las hacía verse luminosas y radiantes, o, en su defecto, daban la impresión de ser mujeres del oriente del planeta, en algún ritual o una celebración tradicional de, probablemente, la cultura más rica del mundo, pero todas obras distintas. Lo cubrieron con una manta negra. Cuando lo despojaron de ese disfraz, vio que lo habían llevado hasta un salón grande, dentro de la casa, en el que había cientos de personas rodeando el centro, justo debajo de un candelabro de cristal, que hacía la suerte de guardián en las alturas de Eyael. O, también, un espectador de lujo para el castigo. Eyael seguía con los grilletes, aunque le habían descubierto las alas; sin embargo, los grilletes fueron sujetados de cadenas adheridas al piso para imposibilitarle alguna intención de escape.

Leían un libro. Un hombre parado en un pedestal rezaba palabras malditas en un idioma ininteligible. Usaba una voz gutural que era sombría. Parecía declamar un poema o decir un monólogo en una obra de teatro; manoteaba y señalaba  lugares y personas que, tal vez, tenían algún tipo de relación con lo que él decía. El hombre no vestía de negro. vestía de blanco. De su cuello colgaba una estrella que Eyael jamás había visto. Después de un tiempo razonable de discurso, pronunció la palabra ángel. En ese instante, un par de personas, que Eyael no alcanzó a ver quienes eran, extendieron sus alas, exponiendo al ángel ante todos.

Posterior al descubrimiento y a la exposición, en medio de murmullos y miradas pasmosas, el hombre pronunció unas cuantas palabras, de las que Eyael solamente alcanzó a entender " ofrenda". Consecutivo a esto, los asistentes se quitaron las batas y perdieron la pose. La resignación parecía obligada. Se vieron envueltos en un frenesí fornicador por todos los lugares de la casa. Pocos miraban. La pareja que estaba en el centro; un hombre gordo, menudo y calvo, que estrujaba contra el suelo a una mujer con curvas elegantes, delgada y espigada, marcaba la línea a seguir de todos. Fornicaban a una velocidad animal y con la mirada puesta en Eyael. Los demás se estrujaban contra las paredes, los escalones, pilares, muebles, todo lugar en el que hubiera un resquicio para que dos, o en ocasiones un número mayor, pudieran gozarse de la manera más salvaje.

Francisco observaba lo que parecía una especie de pintura erótica barroca, un emborrachamiento y una perversión de "David llevando el arca de la alianza a Jerusalem". A nadie le importaba ver a su esposo o esposa, hijo o hija, ser dominado por la obscenidad de la exhibición. El contratante se veía satisfecho de su acción, y veía como el cuerpo, ahora mortal, de Eyael, comenzaba a padecer las consecuencias inconscientes del espectáculo. Observó como el miembro de Eyael comenzaba a despertar de su letargo para acondicionarse al ambiente. Francisco llamó a tres mujeres que no estaban participando de la desmesura carnal. Las mujeres tenían una expresión diferente, parecían estar frente a un bufón bastante cómico. Una de ellas se acercó a otra mujer que lloraba por el incesante galopeo del que era víctima, únicamente para estirar la lengua , deslizarla por sus mejillas y beberse las lágrimas, para después poner una mueca de saciedad. El cabello de las mujeres era color roble, más abajo de la cintura. Frente amplia y unos ojos obscuros como el fondo de un abismo, un par de filas de dientes militarmente formadas, con pechos altos y redondos, y una sonrisa malévola. Francisco rodeó a dos de ellas por los hombros, mientras que a una le susurró algo al oído. La mujer que había recibido el mensaje casi silencioso miró a Eyael con lujuria. Se acercó a él. Lo miró mientras trataba de perder los ojos de la mujer, y no pensar en lo que sucedía a su alrededor. La mujer no cruzó palabra con Eyael, solamente se rió mientras lo rodeaba y lo lamía sutilmente por la espalda, antes de que él se moviera. La mujer se despojó de su vestido y se hincó frente a Eyael tomándole el miembro, sin que él tuviera la menor oportunidad de defenderse. La mujer comenzó a succionar con arrebato. Además de chupar, le tomaba el miembro con una mano, luego con la otra, a veces con las dos, hacía pausas extendidas en las que parecía querer ser perforada hasta las entrañas, y , de cuando en cuando, tamborileaba la lengua. Eyael estaba consternado. Se sentía a gusto. Aunque sabía que no podía aceptar tal humillación, su cuerpo, ahora mortal, lo traicionaba y lo castigaba con la satisfacción. Eyael estaba mentalizado a jamás sucumbir por gusto, mas no contó con la tortura a la que fue sometido. Comenzó a sentir escalofríos por todo el cuerpo, mientras la mujer intentaba soltar una carcajada que se interrumpía por el falo dentro de su boca. Eyael sintió una sensación extraña, de expulsión, que lo circundaba  por todo el cuerpo, concentrándose en el miembro que la mujer no dejaba de degustar. Al mismo tiempo, Eyael veía criaturas horribles que trepaban las paredes y recorrían el techo, criaturas que no tenían forma, simplemente eran unos cuerpos de color rojo y morado que lo único que hacían era sonreír al mirar las ofrendas. Las criaturas lo veían y también sonreían. En cada parpadeo de Eyael, las criaturas desaparecían y volvían a estar más cerca de él, pero cuando estaban más cerca, en el siguiente parpadeo se alejaban. Cuando la mujer vio la cara de Eyael, a punto de llegar al éxtasis, aceleró en su labor, dejando a Eyael con las piernas temblorosas. la mujer sacó el falo de su boca para sentir como caía sobre ella la lluvia de placer de un ángel. No sabía si sería del mismo color, olor o sabor que la de un humano, pero esa experiencia era algo que tenía que probar. Y así lo hizo. Untó el líquido por todo su rostro y pecho. Al mismo tiempo, mientras se mofaba de Eyael, los ojos comenzaba a ponérsele rojos, como había descrito Francisco los ojos del caído. En ese momento reaccionó. Había estado con una musa. Fue profanado y humillado por una bruja. Eyael sintió una explosión inexplicable que le recorrió todo el cuerpo.

-¿Te gustó, Eyael?- preguntó Franciso, mientras se acercaba a paso lento.

-Cállate. Cállate. ¡Cállate!- gritó Eyael, intentando detener la reunión; no recibió la atención de nadie, aún con ese grito con las vísceras en la garganta.

Eyael había cruzado la línea del mundo de la razón al de la irracionalidad, del mundo diurno de los conceptos puros al mundo nocturno de los mitos y los símbolos. Comprendió al humano. Por fin. Se dio cuenta que era una criatura de razón pura, pero, a su vez,  sin razón. Que se de deja llevar por los mitos y las leyendas; es esclavo de la simbología y la superstición, y, además, sucumbe fácilmente a las pasiones y se deja llevar por los sueños. Por un segundo miró que nadie le hacía caso, que nadie lo miraba, que sólo lo querían como un ser a quien mancillar con una representación pagana, que enfrentaba a Eyael con todo lo que él había buscado suprimir en los humanos.

Los siguientes años fueron un monólogo repetitivo, con algunos cambios. Cambió la forma de la túnica en los asistentes. Cambió la forma en la que se comunicaban. De repente, al cabo de unos cien años, aparecieron aparatos que inmortalizaban momentos. Cambió el fuego por una cosa adherida a las paredes que encendía unos artefactos, que no eran ni un círculo ni un óvalo. Los asistentes cambiaron los lujosos carruajes por artefactos que no necesitaban caballos. La ropa de los encargados de él, al igual que la de los dueños de la casa y sus tres hijos, era menos frondosa, pero no perdía elegancia. Hasta la música, pues comenzaron a colocar grandes círculos en un soporte que, ayudado con una aguja, producía música artificial; algo que el consideraba completamente mediocre, comparado a los incontables músicos que amenizaban la mansión, como después comenzaron a llamarla los trabajadores. Las pocas veces que tenía la fortuna de salir de su cubo, el único lugar en el que nada había cambiado, pues la gente moría, mientras él seguía sin explicarse por qué no le pasaba lo mismo si, según su castigo, era un mortal, aunque se dio cuenta que tenía ciertas consideraciones o tiempo extendido de tortura, según el lado del que se estuviera de la situación,  Sin embargo las reuniones seguían siendo siniestras.

En ocasiones lo hacían participar de muertes de animales y personas, para después verter el resultado de la muerte de los desaparecidos sobre él, dejando su cuerpo pegajoso de sangre. De vez en vez, el hombre de la túnica blanca sodomizaba sin piedad a Eyael, ante la mirada irónica de los asistentes; algunos se reían a carcajadas. Francisco bebía vino mientras observaba las grotescas violaciones que sufría Eyael; eso sí, siempre que le hacían algo así, recibía trato preferencial hasta la siguiente reunión, pues dormía dentro de la casa, en un solitario cuarto al final de un pasillo que conectaba las habitaciones de la segunda plaza de la enorme mansión. También, era violado por mujeres que querían tener la experiencia de la carne con un ser divino. Todo esto le provocó a Eyael una visión primitiva de las pasiones humanas. Era la atracción principal de esas retorcidas orgías de carne decrépita. Tenía la impresión de que esas pasiones eran insólitas, al mismo tiempo que cotidianas. Tuvo décadas para pensar, sin hacerlo, pues recordó que durante milenios no había podido descifrar a los humanos, y con las experiencias que había tenido, su intelecto virgen le había brindado únicamente preguntas y problemas, de las cuáles las respuestas las tenía, estaba seguro, en su cuerpo.

Un día como todos dentro de su cubo, años después, mientras Eyael intentaba encontrar la relación entre las emociones humanas y la razón, y, también, después de dormir emborrachado de vino, lo despertó una sacudida de dimensiones catastróficas que, afortunadamente, no había dejado siquiera un  rasguño en el cubo. Los caballos dejaron de hacer sus característicos sonidos, y las voces que siempre sonaban detrás de las paredes enmudecieron dejando un silencio sepulcral dentro del cubo. Los roedores y bichos, que eran su última compañía, no aparecieron como él esperaba. Los buscó por todos los rincones, hasta que los encontró muertos con las patas en dirección del techo, todos en un rincón, como si un asesino hubiera apilado los cuerpos de forma áspera. Lo que sucedió después fue la continuación de explosiones estridentes y los latigazos de la tierra. El cubo seguía sin sufrir ningún rasguño. Así pasó alrededor de 40 días. Después escapó

El último día de tortura psicológica, pues sabía que algo pasaba afuera pero no sabía qué,aunque era consiente de que era algo devastador, ya que la brutalidad atravesaba las paredes del cubo, la puerta se abrió de golpe. Los grilletes se convirtieron en polvo, al igual que la cuerda que sujetaba sus alas. Eyael no sabía si salir, pues no veía nada, simplemente humo y un panorama negro, como el de una noche despejada. El miedo, al que ya se había acostumbrado cada vez que era enviado al salón de juegos de la casa, lo volvió a sentir, pero esta vez no era por la repetición de atrocidades, sino por lo desconocido. Sufría la sensación más humana de todas. Después de horas de mirar la puerta abierta, salió. Ya no había una casa enorme, ni caballos, mucho menos personas que pudieran habitar ese lugar. Simplemente había rocas en el suelo, quemadas, Árboles decapitados y otros desmembrados. Otros, totalmente desaparecidos. La viveza de la tierra se había convertido en un letargo malvado. Caminó durante días buscando una señal de vida; sin embargo, la única señal eran unos cuántos árboles pequeños, que habían sostenido su vida con fuerza discrepante para lo que parecía una guerra sagrada, con un poder fuera de la imaginación humana. Había osamentas por todo el camino, que tenía que esquivar para no pisar, haciendo una suerte de campo minado. Eyael miraba todo a su alrededor con sufrimiento, con un aire de rabia, pero, a su vez, le alegraba que los humanos que lo torturaron recibieran justo castigo. El panorama era negro. Únicamente piedras y tierra, nada más.

Al final del cuarto horizonte, en el que se miraban imponentes un par de volcanes eyaculando sangre sin cesar, mientras el aire desmembraba un par de solitarios árboles con una corriente extraña, Eyael se vio de frente con un par de personas.Una, coincidía perfectamente con la descripción que le había hecho  Francisco sobre el Hombre de los ojos rojos, el caído. Se encontraba parado debajo de un árbol que, inexplicablemente, parecía estar en una porción de una región floreciente; la segunda persona tenía la misma actitud, pero vestía de un blanco centelleante, con una especie de traje que hacía casi imposible diferenciar su piel de la ropa, también era difícil ubicar si tenía la cabellera blanca o era un calvo de frente brillosa, que, de cualquier manera, hacía juego con lo demás, sólo se alcanzaban a observar un par de perlas a la altura de la cara que iluminaban el camino de Eyael hacia ellos. El hombre de blanco tenía una barba tupida, blanca, y una estatura de vikingo, no se inmutaba por cualquier cosa que sucediera a su alrededor, se limitaba a observar, inmóvil, el caminar de Eyael hacia ellos.

-Eyael, sé que debes tener muchas preguntas, o, tal vez, simplemente me odias y no querrás escucharme- Dijo el hombre de blanco, tendiéndole la mano a Eyael, al tiempo que se escuchó el aleteo de una paloma blanca sobrevolando la escena.

-¿Por qué? ¿Acaso no te serví lo suficiente? Todas las personas que ayudé, las personas que salvé de la desgracia, ¿no sirvieron de nada? Si mi error fue querer sentir el aire sobre mi rostro, no merecía ese castigo. - expresó Eyael, con lágrimas más que mortales.

El Hombre de los ojos rojos interrumpió

- La batalla se ha librado, ángel. Descansa, recobra tus facultades. Eres más importante de lo que piensas- pidió el Hombre de los ojos rojos

Eyael se quedó estático, de pensamiento y movimiento, lo inverosímil de la situación que estaba viviendo era como el fuego y el agua fusionándose para crear un elemento invencible. Los dos omnipotentes, el bien y el mal, presentes en cuerpos de carne y hueso parados frente a él, después de devastar el mundo.

-¿Por qué ustedes...- no alcanzó a terminar la pregunta Eyael, se encogió de hombros, se tiró de rodillas al suelo y derramó el doble de lágrimas; el suelo se reblandeció al instante.

-Por el equilibrio, Eyael, por los humanos, por la vida- contestó sin vacilar el Hombre de blanco- La única salvación era otra oportunidad, pues, como en miles de ocasiones, ellos se han encargado de desaprovecharla.

-Por diversión, no mientas- dijo el Hombre de los ojos rojos, con el ceño fruncido, sacando de la túnica un cigarrillo que encendió con un leve soplido- La división de las almas es desde tiempos remotos, ángel. Algunas veces simplemente destruimos todo y lo regresamos como estaba y nadie se da cuenta. Por regla general del juego, nosotros escogemos las almas que queremos de nuestro lado, y , después, lo que sucede en el mundo nos dice quién ha ganado. No es ajedrez, pero sí es un juego de inteligencia.

-Aunque siempre sale algo mal- ahora interrumpió el Hombre de blanco, estirando la mano derecha- Déjame a mi-pidió- Mírame, Eyael, por favor. Esto no es algo que tenga que ver contigo, tú no hiciste nada mal, al contrario, hiciste todo lo que esperé de ti. No me fallaste en nada. Los que fallaron fueron los demás, los humanos y tus hermanos.

-La razón, ángel, es el peor error que cometimos. Darles razón. O, solamente que la razón que les dimos haya sido incompleta ¿Acaso no los miraste, ángel? Son bestias. Siempre queriendo el éxtasis antes que la emoción. Hijos de la guerra. Malabaristas de la paz. Se los hemos mostrado de diferentes maneras, pero no lo entienden. Así que no nos quedó otra opción que castigarlos con diluvios, terremotos y lluvias de rocas gigantes. Esta vez nos tardamos mucho, los hicimos sufrir en demasía.Casi como ellos te hicieron a ti.

-¿Pero, yo por qué estoy aqui?- preguntó Eyael, todavía sin entender el motivo de aquel monólogo del hombe de los ojos rojos

-Tú lo sabes, Eyael. Tu comportamiento siempre correcto. Fuiste el único de mi ejército que lo único que deseaba del mundo humano no era el poder. Sacrificaste tu cuerpo y tu vida; después, te entregaste sin luchar, aceptaste un destino que mostró lo grotesco de las personas que alguna vez protegiste, y por las cuáles vivías- dijo orgulloso el Hombre de blanco.

-En pocas palabras, ángel, lo sucedido con el imbécil de Francisco, que era un asesino excusado en la negación, no fue un castigo. Fue una prueba, y la superaste, eres el primero que lo logra en miles de reconstrucciones del mundo.- volvió a interrumpir el Hombre de los ojos rojos, mientras encendía otro cigarrillo, de la misma manera que el anterior.

-Eyael, vas a ser el encargado de mantener el equilibrio. Ya has aprendido de qué son capaces los humanos. Sí, vas a poder volver a mirar fijamente a la Tierra, volverás a maravillarte con su belleza, gracias a nuestro genio, gracia y poder. Sin embargo, esta vez vas a ir a una época diferente, en la que todo va a poder ser cambiado a través de un botón, en la que todo mundo pueda expresarse y sea escuchado. Es la etapa más difícil, porque los agnósticos abundan y nuestro crédito se acaba, pero debes hacer lo que sea, repito, lo que sea, para mantener el equilibrio. Te voy a permitir valerte de cualquier medio para lograrlo, vuelvo a repetir, cualquier medio. El lugar al que vas es sombrío. Vas a tener que matar, conquistar, dividir, reprimir, es decir, castigar a quien se oponga al equilibrio- casi declamó el hombre de blanco, haciendo figuras con las manos.

-La tarea es sencilla, ángel. Yo te voy a ayudar, esta vez me toca tenerte de mi lado, ese fue el trato. Por primera vez nos vamos a unir, para ver si logramos el equilibrio que separados no conseguimos obtener, por eso sólo estás tú; antes elegíamos a dos, de dos bandos diferentes. Ahora, nos unimos para intentar el equilibrio juntos, contra nuestros más poderosos enemigos: la razón y el libre albedrío - expresaba el Hombre de rojo de un modo teatral, como interpretando una sui generis representación de Hamlet- Ángel, en pocas palabras, lo que te pasó no fue una tragedia, te salvamos de la aniquilación. Más bien, yo te salvé.

Eyael se retorcía por dentro. Por un lado creía sórdido el plan que le proponían los hombres; por el otro, se sintió honrado de ser escogido para liderar el poder de la mano omnipotente de las dos bestias del cielo y el infierno. Era como apoderarse de ambos tronos y tener su venganza contra lo que sufrió durante doscientos años.

-Eyael, ¿estás listo?-preguntó el Hombre de blanco

-Sí, padre. Gracias por salvarme, Sabía que no me habías abandonado-contestó Eyael.

-Bueno, ángel, tenemos mucho qué hacer. Hoy vienes conmigo. Te voy a dar todo para que hagas tu labor-exigió el Hombre de rojo.

-Trátalo bien, Luzbel- pidió el Hombre de blanco

-No me llames así, sabes que ése no es mi nombre ahora. Mejor no lo menciones, así como yo no lo hago con el tuyo. Hago esto porque es necesario, no porque me plazca. Te odio, y eso no va a cambiar nunca. Te lo haré saber con muchos artistas a partir de ahora- dijo el Hombre de rojo, dándole la espalda al Hombre de blanco.

-Nunca vas a cambiar- respondió el hombre de blanco con una pequeña sonrisa.

-Antes de irnos, ángel, debo saber , por última vez, si te crees capaz de llegar a esos años llenos de tecnología. Porque, vas a llegar a la nación más poderosa de mundo. Desde allí, la silla privilegiada, vas a manejar los hilos del mundo , ¿estás listo?- preguntó nuevamente de manera teatral el Hombre de rojo, moviendo las manos por todos lados.

Eyael asintió.






































domingo, 6 de julio de 2014

Tortura santificada

Carmen estaba asustada. Arrinconada en lo más profundo de la fúnebre casa en la que vivía. Sus padres peleaban como de costumbre, para su mala suerte. Trataba de escuchar música para abrumar el ruido de los gritos, pero no podía concentrarse en nada. La joven de 16 años, estudiante de preparatoria con un futuro brillante en las ciencias, no terminaba de adaptarse a los acontecimientos que sufría desde hace varios meses. Ahí, la vi por primera vez, me llamó con esa rabia contenida que tenía en su ser.

Su cabello, rojo como la sangre, cubría esos ojos tan azules que brillaban en la obscuridad, pero dejaban al descubierto la gotera de lágrimas que caía sobre el vestido rojo con puntos blancos, el cual había elegido ese día, para resaltar lo casi transparente de su delicada piel. Se levantó y comenzó a dar vueltas pensando en el ofrecimiento de desahogo amigable del padre Omar. Un joven sacerdote de 20 años que se había vuelto famoso en el pueblo de Laureles, por sus habilidades de "psicólogo".

El domingo Carmen asistió, como de costumbre, a la eucaristía que ofrecía el padre Omar; dio su limosna y lo esperó para poder conversar. El padre Omar la dejó esperando más de una hora, mientras terminaba su labor en el confesionario de la iglesia de San Martín de Porres. Carmen esperó sentada en las bancas de la iglesia, observando la obsesiva perfección de la arquitectura del inmueble. Las enormes imágenes de los santos, la virgen de Guadalupe, el techo adornado con una pintura , tal vez vaticana, que su tridimensionalidad transportaba a la batalla entre el bien y el mal que representa.

Cuando Omar terminó sus labores y se acercó a Carmen, ella estaba en otro planeta. Se encontraba alejada de su cuerpo ensayando las palabras que le pronunciaría al párroco para que intentara ayudarla. Omar estaba de buenas, como siempre:

-Hola, Carmen-, saludó.

 Y con un aire cariñoso que adoptan los adultos cuando se dirigen a los niños, preguntó- ¿Qué te pasa hija? Te veo desorientada y abandonada.

Carmen comenzó a despedir un diluvio de lágrimas sobre el sacerdote y le contó los últimos ocho meses de su vida. Omar estaba atónito, Carmen desgarraba su voz y desnudaba sus sentimientos ante una persona con la que era la primera vez que cruzaba más de dos palabras; después de la invitación fallida al grupo religioso hacía más de cuatro meses. El sacerdote se levantó flamante y convencido, puso cara de empatía y le dijo:

-Carmelita, únete a nosotros. Platica con el grupo y dale una parte de tu vida a Dios, que te lo agradecerá de la mejor manera.- Habló lento y tomó ambas manos de la pelirroja. Carmen, sintió un poderoso alivio y encontró un bálsamo, un escape, para la difícil situación que atravesaba. Respondió con un abrazo impetuoso.

No obstante, el abrazo no significó lo mismo para ambos. Carmen abrazaba la libertad, emergía de sus extremidades la esperanza de que Dios le mostrara el camino, más bien la indiferencia. Mientras que el clérigo sufrió un espasmo en el estomago, una aceleración cardíaca y de respiración. La coronó con una convulsión en los testículos que no sentía desde los 15 años.

Pasaron un par de meses en los que Carmen se entregó en cuerpo y alma a las tareas religiosas,   además de hablar con sus padres para resolver los problemas que la habían llevado a, casi, abandonar su vida como una joven estudiante brillante de preparatoria, para dedicarse en cuerpo y alma al omnipotente. Siempre llevada de la mano de Omar.

El presbítero organizó una fiesta para todos los involucrados en el grupo de los "Legionarios del Santo Negro", para conmemorar el aniversario del trabajo social y entregar cuentas a los altos mandos eclesiásticos. La fiesta se llevó a cabo en la hacienda "Ojo de Agua"(lugar designado como vivienda de los párrocos de la iglesia del pueblo de Laureles).

La comida fue agradable, al igual que las conversaciones. Carmen, fanática de los deportes, llevó un balón de basquetbol para promover la convivencia entre los integrantes del grupo, con un partido amistoso. Omar, y sus monaguillos contra las chicas del grupo. Todos estuvieron de acuerdo en la elección de los equipos, sin pensar en desventajas físicas, se trataba de una actividad lúdica.

Con las mujeres ganando el partido por amplio margen, todo era risas y diversión. Con dos minutos por jugar, el equipo de hombres tenía cercada la canasta para las mujeres. Carmen quería, sin embargo, atravesar la cerca que le habían impuesto para anotar. La pelirroja cubrió el balón de espaldas a la canasta, mientras Omar defendía. En ese momento, Omar no pudo dejar de ver las curvas perfectamente moldeadas de Carmen, que se acercaban peligrosamente hacia él. El clérigo sintió de nuevo esos espasmos en el estómago y una excitación que lo envolvió por todo el cuerpo. El padre, totalmente frenético de lujuria y con el falo totalmente duro, se acercó a las curvas de Carmen intentando penetrarla por encima de los jeans que vestía. La embistió con fuerza desmedida.

Carmen sintió una punzada en las nalgas y volteó sorprendida de lo que había sucedido. Omar se hizo el desentendido, para que Carmen no pensara que había sido intencional. El juego terminó y las miradas entre ambos cambiaron. La pelirroja estaba sorprendida e incómoda. El padre estaba apenado, aunque, el deseo se apoderó de él y la miraba con lujuria, ávido de sexo y húmedo hasta las rodillas. No se volvieron a ver en dos semanas..

Carmen, por más inocente que fuera, sabía que lo que había sentido era el miembro del padre. Lo había sentido lleno de sangre y listo para perforarla si se le presentaba otra oportunidad. La revolución que había causado el grupo en su vida, la obligó a hablar con Omar a solas sobre el incidente; dejarle en claro que no podían ser más que compañeros de grupo. Además, de cuestionarlo sobre la castidad y el juramento de entregarse a Dios. Decidió visitarlo a "Ojo de Agua"

Atravesó el bazar entero, que dividía su casa de la parroquia de San Martín de Porres, con un caminar apenado, también, desconsolado. La decepción que le causó Omar, con esa arremetida pecaminosa, la abrumó de desesperanza. Posteriormente tomó un camión que la dejaría en la puerta de la hacienda. Vistió discreta para no provocar malentendidos ni deseos impuros en el cura. Jeans azules y converse de lona, cubrían la parte inferior de su cuerpo; una playera de manga larga, sin escote, de color negro y un suéter también obscuro, la parte superior. Se veía hermosa, tal vez más que otras veces.

Al llegar a Ojo de Agua, cansada de meditar las palabras que estaba por pronunciar; además de la postura seria que debía adoptar, pensó más de diez ocasiones antes de tocar el timbre. Lo hizo al fin. El cura abrió la puerta y la miró con ojos de interminable obscenidad. Carmen se sintió incómoda. Caminaron por el largo pasillo que llevaba a la casa, que parecía un pozo sin fondo. Atravesaron los jardines perfectamente podados de y miraron la fuente; una escultura de querubín con un cántaro al hombro, que se encontraba a mitad del camino, y era utilizada por Omar para sentarse. En esos instantes nadie pronunció ninguna palabra, por lo tanto, no se posaron sobre la fuente.

Comenzaba a obscurecer cuando arribaron a la casa. El desvaneciente día alumbró una pequeña chispa de luz a ambos, mientras el párroco sacó las llaves de sus jeans para abrir la puerta. Antes de abrir, se acomodó la chamarra de mezclilla, que cubría una playera de cuello en "V" color blanco que llevaba. Se sacudió las botas de casquillo negras y le dio el paso a Carmen. La pelirroja aceptó, mas no podía dejar de lado los extraños pensamientos, además de sentir el peligro de que: la persona que se pondría detrás de ella, cuando pasara, era la misma que había tratado de atravesarla con la ropa puesta. Carmen entró, temerosa, y, antes de que pudiera pronunciar alguna de las palabras que tanto había analizado en su mente, sintió un enorme dolor en la cabeza. De repente todo se volvió negro a su alrededor.

 Cuando despertó estaba desnuda. Acostada, amarrada de brazos y piernas a las esquinas de una cama, con un intenso dolor en la cabeza y una gotera, de un líquido que emanaba de ella, que le humedecía la cabeza. Omar entró al cuarto con los ojos vendados, no podía ver la desnudez de la pelirroja en todo su esplendor. Con las piernas abiertas, el maquillaje corrido y pesadumbre en la mirada. En ese momento ,rompió el silencio:

-Te desnudé con los ojos vendados. Créeme, no he visto nada de tu cuerpo sin prenda que lo cubra.-, lo dijo temeroso, avergonzado y confundido.

-¿Por qué me haces esto, Omar?- dijo la pelirroja con una voz temerosa, pero exigiendo una explicación.-Pensé que ibas a ayudarme, pero quieres violarme, ¿Ya se te olvidó el juramento que le hiciste a Dios?

-¡Cállate!- Gritó con furia el padre.

-Omar, ¿En qué momento comenzaste a desearme de esta manera?- Carmen suavizó la voz, quería ganar tiempo.

-Desde el primer día que te vi, Carmen- lo dijo con un suspiro de muchacho enamorado. - Pero no quiero que hables- sentenció el padre.

Omar se quitó la venda. Cuando vio por fin esos enormes ojos azules, que un día expresaban ternura, estaban llenos de resentimiento. Observó el rostro virginal de la pelirroja, en el que se se fundían la inocencia y el encanto. Miró la estilizada, flexible, hermosa y virgen figura de Carmen en todo su esplendor; con las piernas abiertas haciéndole crecer el hambre de carne que lo albergaba. EL padre siguió observando con mucha atención a Carmen.

El clérigo observó con fiereza a la pelirroja(aunque por un momento quiso escapar, pero no lo hizo). Lo que miró, le provocó unas sensaciones extrañas. contempló la pálida piel de Carmen, mirando todo eso que conocía de memoria, pero, lo que no conocía lo alteró. Cuando le miró los senos; de tamaño aceptable y una forma exquisitamente bien hecha, agradeció. Admiró ese par de protuberancias de color rosa que emergían del centro de cada uno de los pechos de la pelirroja. Después, bajó la mirada y vió el sexo de Carmen, cubierto por un arbusto de color rojo, casi imperceptible si se miraba de lejos.
El padre estaba extasiado, no le quedaba sangre en las piernas para moverse. Además, el miembro estaba por explotarle y los testículos se le ponían morados.

El padre se olvidó de cualquier norma y comenzó a tocarla sutilmente, como un animal palpando una nueva superficie. Posteriormente se puso ansioso y apretó cada centímetro del torso de Carmen. La lastimaba. Después de tocar, el presbítero comenzó a oler el cuerpo de la pelirroja.

Después del torso, el padre avanzó hacia los muslos de Carmen. Tras mirarla, comenzó a inhalar el humo de su sexo, una niebla provocativa que salía de su flor de loto. Totalmente en el clímax del placer olfativo, comenzó a balbucear frases aisladas.

-Hueles como los ángeles deberían oler-, jadeaba Omar incesantemente. El iris estaba totalmente extraviado de sus ojos embriagado de placer y, esperando, la hora de poder hacer suyo el monumento que veía, tocaba y olía.

-Déjame por favor- , suplicó Carmen llorando, con una voz tenue y delicada.- ¿Acaso no eres un hombre de Dios?-. Preguntó en Son de chantaje, e intentando persuadir al presbítero.

- ¿¡Quieres a Dios!? ¡Pues te voy a dar a Dios!-. Gritó con furia, que, al parecer, había contenido desde la infancia.

Omar salió del cuarto y llegó a su recámara. Ahí, colgado, se encontraba un crucifijo de madera, de medio metro de altura; que había traído de un viaje a Brasil. Lo descolgó con fuerza y lo miró como una madre a su primogénito recién nacido. Cerró los ojos, contó como hasta cinco, con el viento azotando las ventanas, sin embargo, era como si el aire ahí fuera diferente. Conducía fuerzas y espíritus demoníacos.

Al llegar al cuarto, el padre miró a Carmen luchar por zafarse de las ataduras de sus extremidades. Entonces, para que dejara de luchar, tomó el crucifijo que había descolgado de su sala y lo introdujo en la vagina de la pelirroja, desgarrando toda la piel que se encontró a su paso. Los gritos infernales de Carmen retumbaban en el cielo y en el viento.

-Grita todo lo que quieras- dijo Omar, alzando la mirada un poco por las rodillas de Carmen-. Aquí no se escucha ningún ruido, sólo el viento.

¿Esto es el sexo? ¿Por eso es que Dios lo prohíbe? ¿Se trata de sufrir sin disfrutar? - Pensó Carmen, y, en tal caso, era lo peor que había en el mundo, el sexo.

Lo que restó de la noche, fue sumisa ante las enajenadas embestidas de Cristo y de Omar, en la vagina, el ano y la boca. Omar parecía un animal, el más depravado de la historia. Su perversión llegó al punto de querer hacerle orificios en el cuerpo que no existían, además de agrandar los orificios más pequeños del mismo.

Omar jugó con su falo por todo el cuerpo de Carmen durante toda la noche. El cura bañó de lágrimas a Carmen por todo el cuerpo. La hizo probarlo a él y a sí misma. Como si fuera una cobra, el padre dejó salir todo el veneno que llevaba contenido, desde hace unos años y sus toqueteos solitarios de la pubertad y la adolescencia. Yo lo hago todavía, cuando veo mujeres como Carmen.

Carmen acabó fundida, extraviada. Se sentía perdida en todos los sentidos. Pero tenía lo que me alimenta: rabia. Después de que Omar la desamarró y fue a sus labores de cura, Carmen estaba sentada en la orilla de la cama, todavía bañada de fluidos y sangre. Pensaba en cómo vengarse. Entonces, aparecí delante de ella. Y le dije:

-Hola, Carmen-. me miró atónita, jamás había visto la perfección en su vida.

-¿Quién eres tú? ¿También vienes a cogerme como un animal?-, preguntó Carmen, con una voz resignada, lista para volver a dejar que profanaran su cuerpo.

-No, yo sí vengo a salvarte, hija.- la tranquilicé con mi voz y le ofrecí mis brazos.

-¿Quién eres?- , me preguntó con calma; sabía que la salvaría.

- Tengo muchos nombres. Pero tú, puedes llamarme Lucifer o papá....